miércoles, 31 de enero de 2018

MAGGIE EVANS (Crónica de una cacería) de Héctor Vico



MAGGIE EVANS
Crónica de una cacería


Solo dos cosas interrumpían la uniformidad helada de la inmensa planicie que rodea a la ciudad de Dayton (Minnesota) y que termina en las costas del Diamond Lake: un pequeño bosquecillo de alerces y el cuerpo sin vida, semidesnudo y ultrajado, de Maggie Evans, una niña de trece años, joven promesa de la natación local.

Hacia el inmóvil y macabro cuadro se acercaban los perros sabuesos que desde toda la jornada seguían el rastro de la joven. Cuando el grupo de rescatistas llegó al arbolado y vio en detalle la escena, no pudo menos que hacer gestos de repugnancia y desagrado al observar la saña con la que fue ultimada la joven.

El cuerpo, en posición grotesca, con los muslos descubiertos, presentaba múltiples puñaladas en el torso y la cabeza, vuelta hacia la izquierda, tenía en la base del cuello un corte de lado a lado hecho desde atrás. Por la cantidad de sangre esparcida sobre el hielo se infería que fue dejada agonizando, a merced del frío, hasta desangrarse. El viento helado que comenzó a soplar parecía jugar con los rizos rojos de la melena de la niña y, con su ulular, agregaba más pesadumbre y dolor al suceso trágico recientemente descubierto. El silencio se rompió solamente cuando uno de los líderes de la patrulla accionó su radio para solicitar de inmediato la presencia de los peritos forenses. Uno de los agentes presentes, en un gesto piadoso y paternal, cubrió el cadáver con una manta.

Con sumo cuidado, para no contaminar la escena de los hechos, los efectivos policiales recorrieron las áreas circundantes en busca de elementos que arrojaran pistas o dieran el indicio de algún rastro que los condujera hacia el asesino. Cercaron debidamente el sitio en dónde descansaba el cuerpo. Al cabo de una hora arribó el helicóptero que transportaba a los forenses con todo el equipamiento necesario para realizar los primeros peritajes. Se tomaron fotos y se rastrillo una extensa área hasta parajes muy alejados pero fue en vano. Todo estaba limpio, sin huellas ni residuos de ninguna índole. Satisfechos por la tarea efectuada y al ver que se avecinaba la noche, acondicionaron el cuerpo para su traslado a Minneapolis

Una semana atrás, al terminar su entrenamiento de natación, Maggie se enteró que formaría parte del equipo de Minnesota para competir en el campeonato nacional. Estaba muy feliz y, junto a sus compañeras, se dirigieron a un McDonald’s para festejar. Luego se retiró y sus amigas dijeron que se fue caminando hacia su casa, la cual estaba a poca distancia del negocio de comidas rápidas. No fue un comportamiento extraño puesto que formaba parte de su rutina en los días de entrenamiento. Siempre caminaba de regreso a su hogar. Fue la última vez que la vieron con vida. En el trayecto de pocas cuadras, Maggie se había esfumado. Nadie había notado nada irregular. El hecho ocurrió en marzo de 2010

En los años ’90 la región había ganado una triste fama al haber superado la tasa de crímenes de Nueva York y esto, a ojos de la policía era un baldón que no debía repetirse. Por tal razón la muerte de Maggie debería ser resuelta de inmediato. Lamentablemente la autopsia no arrojó nada nuevo. Las causas del deceso eran evidentes: las feroces puñaladas, el extenso corte en la garganta y, fundamentalmente, la agonía en el frío invernal; no obstante, los médicos pudieron detectar resto de cemento en el cuello y en las vías respiratorias, residuos de yute, una fibra vegetal utilizada para hacer cuerdas, y una mancha de sangre en los pantalones de la niña y que no se correspondía con su grupo y factor. Al parecer el asesino se habría cortado al intentar desgarrarlos.

Con las muestras del ADN detectado, lo que equivalía a decir que se sabía todo del asesino menos su identidad, dio comienzo a una de las cacerías más tenaces y prolongadas de las que se tenga memoria en la región. 

El caso fue asignado a Travis Moore quien junto a su equipo se trasladó a Dayton, la pequeña población en dónde el hecho tuvo lugar. Antes de las pesquisas, Travis recomendó a sus subordinados que no dieran nada por sentado, que cualquier detalle, por nimio que fuera podría ser importante. Que estuvieran atentos a todo. “Las miradas, las inflexiones de voz, algún tic nervioso, cualquier cosa – enfatizaba - pueden llevarnos a resolver este intrincado asunto”.

Comenzaron por el círculo cercano a la niña, sus padres, sus amigos, profesores y todo aquel que tuviera, aunque más no fuera una mínima relación con la pequeña y su familia. Pusieron énfasis también en el local de venta de hamburguesas, último lugar en el cual fue vista con vida. Analizaron su perfil de Facebook, abrieron su correo electrónico, chequearon los mensajes telefónicos con sus amigas, trataron de no dejar nada librado al azar y de cubrir toda fuente posible de pistas y de reconstruir los últimos momentos de vida de Maggie.

Habilitaron una línea telefónica directa con el departamento de policía para que cualquier ciudadano pudiera informar asuntos relevantes sobre la investigación e incluso ofrecieron una recompensa. Lamentablemente, como suele suceder, recibieron infinidades de llamadas de personas que solamente buscaban algo de notoriedad y que aportaron poco y casi nada a la pesquisa. 

Algo que molestó a Travis y en cierta manera entorpeció su labor fue la difusión mediática del crimen. Todas las emisoras radiales y televisivas destacaron a sus periodistas, quienes diariamente y cubriendo la totalidad de la franja horaria en que se emiten los noticieros, ventilaban toda suerte de intimidades de Maggie y su familia, llegando al extremo de perseguir a la policía en cualquier procedimiento que esta hiciera. Comenzaron a florecer programas con panelistas que hablaban sobre el suceso. Abogados, actrices, parasicólogos, siquiatras, forenses desocupados y toda clase de energúmenos daban su opinión y hasta aseguraban estar en conocimiento de la verdad, cuando en realidad lo único que buscaban eran sus quince minutos de notoriedad. En cada emisión la pantalla se llenaba de fotos de la infortunada joven. Había imágenes de Maggie en bikini, Maggie en pose sexi, Maggie como porrista, Maggie maquillándose, Maggie disfrazada, Maggie, Maggie… siempre Maggie y el rating se disparaba y el morbo de la gente pedía cada vez más sensacionalismo. Se llegó al extremo de emitir un programa especial, con panelistas, desde el mismo lugar en donde se halló el cadáver. 

Tal fue la injerencia del periodismo en la búsqueda del asesino que Travis hubo de solicitar a la justicia para que pusiera en vereda a los medios. A regañadientes, las principales cadenas de noticias acataron en algo la orden de la justicia aunque, amparándose en la libertad de prensa, nunca dejaron del todo sus guardias frente a la casa de Maggie ni tampoco se alejaron demasiado de la central de policía.

Travis, cada noche regresaba exhausto con el único deseo de sentarse frente al televisor con un vaso de whisky pero, hasta este simple ejercicio de relajamiento le estaba vedado, dado que solamente veía reiterados una y otra vez los sucesos del día en cada uno de los canales que sintonizara. Harto y asqueado optaba, noche a noche, por irse a la cama con mayor cantidad de alcohol en su interior. Las horas de sueño tampoco le resultaban fáciles. A pesar del Crown Royal consumido, en la duermevela en que pasaba la noche, le llegaban imágenes, en un caos agobiante, de su reciente pasado en las calles de Brooklyn cuando tenía que vérselas con todo tipo de horrores. Crímenes atroces que por lo general quedaban irresueltos y que poco a poco fueron minando su confianza en este mundo y su voluntad para cambiar las cosas. Cuando sucedió la desaparición de las mellizas Walker supo que había llegado a un punto sin retorno. No podía soportar más tanto dolor. Por esa razón, para huir de la exacerbada locura humana de la gran ciudad, intento poner miles de kilómetros entre él y aquel aquelarre de sangre, pero la inmensa planicie helada de Minnesota no fue suficiente. Una vez más debió vérselas con una muerte inútil y, muy en su interior, sintió que ya estaba al límite de sus fuerzas. 

Poco a poco el frío fue cediendo y con ello la nieve se retiró. Los investigadores volvieron al bosque para repasar el terreno y ver si algo había quedado al descubierto. Fue inútil, nada nuevo trajo la primavera. Sin embargo, a pesar del estancamiento de la investigación había algo que reconfortaba al detective Morre. Al no tener resultados que mostrar, el interés del periodismo decayó y con esto llegó algo de calma a la ciudad de Dayton y al grupo encargado del caso.

Una de las líneas de investigación que se había montado fue la de las escuchas telefónicas con centro en el McDonald’s. Esto trajo como consecuencia un desagradable malentendido que por poco termina en tragedia. Se interceptó una llamada en idioma árabe de un marinero marroquí y que al parecer se refería al asesinato de una mujer y en la llamada expresaba que embarcaría muy pronto para regresar a su país. Esto llevó a que Afif Akra fuera arrestado lo cual trajo aparejado una violenta ola xenófoba. Afortunadamente se aclaró rápidamente que se había cometido un error de traducción y Afif fue liberado.

La investigación estaba visiblemente estancada. Las críticas al departamento de policía en general y a Travis Moore, en particular eran implacables pero, lejos de darse por vencidos, cada reproche renovaba las fuerzas del pequeño y maltratado grupo de detectives. En cada encuentro, en cada comida compartida repasaban los últimos movimientos de la víctima, casi lo recitaban de manera automática: Maggie salió del McDonald's a las 17.15 horas y lo último que se supo de ella fue un mensaje enviado a su amiga Martina a las 18:44. Un poco antes había estado en el gimnasio y había hablado con su instructora en dónde recibió la noticia sobre el campeonato nacional de natación. Tras rastrear las últimas señales del teléfono se concluyó que estaba en Anoka, una aldea cercana, a las 18:49. Es decir, tras salir del restaurante había ido en dirección contraria a su casa. A partir de aquí los interrogantes y las dudas.

Mientras esto ocurría, un silencioso pero implacable método investigativo hacía su trabajo y, afortunadamente, luego de un año de meticulosos exámenes arrojó algo de luz. 

El ADN hallado en la ropa de la nena fue rotulado como “Desconocido 1”. El patrón genético contrastado con un empleado de una gasolinera de Anoka coincidía en gran parte con “Desconocido 1” Se trataba de Joshua Cooper. La atención se centró en su familia. Con el fin de dar con el familiar directamente implicado, se investigó el árbol genealógico de Joshua, llegando hasta 1716. Esto llevo a que los genetistas se trasladaran a Ramsey, pequeña población de 2.000 habitantes cuyos habitantes se pusieron inmediatamente a disposición de los científicos, tal era la indignación de los lugareños por la muerte de Maggie.

Allí, mediante el examen de saliva obtenida de un sello postal, concluyeron que el hermano del padre de Joshua, Abraham, un conductor de autobuses fallecido en 1999, era el padre de “Desconocido 1”. Hasta aquí todo parecía encaminarse a la resolución del crimen salvo que el análisis de ADN de los hijos de Abraham no coincidía con la muestra testigo. Nuevamente estaban como al inicio. La desazón y el desconcierto minaron el ánimo de Travis quien nuevamente se sumió en el silencio, el ostracismo y la soledad, pero esta vez fue para concentrase en descubrir en dónde estaba el error de procedimiento y éste fue sencillamente, concluyó, el pensar con lógica. Es decir que si todo hubiera sido normal, estaban en el punto de inicio pero, ¿qué sucedería si Abraham hubiera tenido hijos por fuera de su matrimonio?, se preguntó. Arribado a esta conclusión le pareció entonces ver una luz de esperanza. 

Con cansancio pero con renovados ímpetus dieron comienzo a la investigación del entorno del fallecido colectivero. Supieron por amigos y familiares que era un “Don Juan” y que posiblemente tuviera hijos ilegítimos. Se interrogaron a centenares de mujeres y se tomó material genético de ellas, buscando a la amante de Abraham y madre de “Desconocido 1” El resultado fue que Rosie Murphy coincidía exactamente con él. En este punto advirtieron que dos años antes también se cometió un error de procedimiento. El material genético de Rosie había sido enviado a Minneapolis pero en lugar de compararlo con “Desconocido 1” lo hicieron con el de Maggie. Ahora, enmendada la equivocación el resultado fue asombroso. La coincidencia fue total. Luego de negarlo una y otra vez Rosie acabó por admitir la infidelidad. Había conocido a Abraham en el autobús y mantuvieron un romance del que nacieron gemelos. Un niño, Steven Abraham Rogers y una niña, Lara Rogers. La mujer de 67 años que en aquel momento tenía 23 y su amante 34 quedó embarazada y con su esposo se trasladó a una ciudad vecina. Luego tuvo un tercer hijo, esta vez de su marido. Nunca reveló esta aventura a nadie.

La policía ya tenía a su asesino. Steven Rogers de 43 años, constructor, padre de un hijo de 13 años y dos niñas de 10 y 7 y que vivía en Anoka, último vestigio de Maggie con vida. 

A efectos de poder proceder con total certeza y detener al principal sospechoso, se montó un falso control de alcoholemia de manera de poder obtener sin resistencia saliva de Steven Rogers. Paralelamente con esto su perfil de Facebook lo vinculaba con la búsqueda de niñas en la red. Finalmente el ADN habló y además el teléfono celular de Steven estaba a escasos kilómetros del McDonald’s de donde partió Maggie.

El caso llevó tres años de investigaciones y más de 10.000 pruebas de ADN. 

Un hombre se enteró que tenía un hijo y no tres. Un joven pasó a tener dos hermanastros en lugar de dos hermanos y un asesino recibió 25 años de cárcel. 

La verdad, al igual que la vida, siempre se abre camino.

Héctor Vico


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