martes, 30 de enero de 2018

La Tía Elvira de Héctor Vico



La tía Elvira

Siempre hablamos de ella. Aún hoy, en que su irrebatible ausencia nos sume en un dolor perpetuo, el recuerdo de la tía Elvira está siempre presente. En cada reunión familiar, sean cumpleaños, aniversarios e incluso velorios, suele suceder que una palabra o cualquier situación trivial hace que inexorablemente, a pesar del tiempo transcurrido, surja su poderosa presencia.
Todavía conservamos su lugar a la mesa. En cada almuerzo o cena siempre preparamos sus cubiertos. Nos resistimos a olvidar su corta melena rubia y su penetrante mirada celeste que en ocasiones te traspasaba de lo intensa y firme que era. Vehemente, decidida y valiente, la tía Elvira no cejaba ante nada para conseguir su objetivo. Todos recuerdan cuando encaró al abuelo, con escasos quince años para decirle que ella no pasaría su vida en nuestro pequeño pueblo. Que a pesar de no poder mantenerla en la ciudad, se iría apenas terminara el colegio secundario y conseguiría un trabajo y estudiaría, no importaba cuanto le llevara. Fue tal la enjundia de sus palabras que el abuelo, contrario a su costumbre, quedó mudo y solamente pudo asentir.
Ojalá no lo hubiera hecho pero el día llegó. Luego de los actos y celebraciones de la graduación, en un tórrido diciembre, fiel a su palabra, en un almuerzo de domingo, muy seria y circunspecta, comunicó a todos que al día siguiente partiría a Rosario, lugar en dónde planeaba vivir hasta recibirse en la carrera de Letras. Dijo también que no se preocuparan, que el pasaje lo había pagado con sus ahorros y que esa misma semana tendría algunas entrevista por posibles trabajos. Todos le deseamos mucha suerte pues sabíamos que no aceptaría réplicas ni argumentos en contra de su decisión, así que sin más pasamos a otros temas  menos polémicos.
Por un tiempo no hubo noticias pero al cabo de un par de meses, en una interminable carta nos contó que tenía trabajo en una librería como vendedora y que ya estaba inscripta en la facultad. Al parecer todo marchaba bien y se la notaba feliz. El próximo abril comenzaría con sus clases.
Poco a poco nos fuimos acostumbrando a que la tía hiciera su vida en la ciudad. Fue la primera de nosotros que emigró en busca de nuevas oportunidades. Pasó el tiempo. Vivimos períodos felices y otros no tanto. Llegaron campañas políticas, elecciones. Enfrentamientos egoístas de la clase dirigente enrarecieron el clima social del país. Guerrilla, revoluciones, violencia y odio demencial eran el común denominador de la época. A pesar de todo, Elvira continuaba, con obcecado empeño, la lucha detrás de sus sueños.  Nos hacía algunas visitas durante el año sin aviso previo, fiel a su estilo de hacer las cosas cuando le venían en ganas.
 Un día llegó manejando un Fiat 600. Explicó que había comprado ese coche pues su trabajo le quedaba lejos y de esa manera tendría más independencia para desplazarse por la ciudad y llegar a tiempo a sus clases. Fue en ese mismo viaje que comunicó que se iría a vivir con su novio, del cual nadie tenía noticias y, nuevamente, sus ojos claros no aceptaron objeciones. También en esta oportunidad, el abuelo hizo silencio.
La abuela, después de todo lo sucedido, me confió que siempre tuvo miedo, que a pesar de no compartir su decisión de vivir en Rosario nunca dijo nada en especial para no preocupar al abuelo, pero ella, tal vez por intuición o porque las noticias de aquellos años de plomo hacía que las madres se preocuparan, siempre temió por la vida de nuestra iracunda tía.
Un sábado por la tarde llegó de improviso. La acompañaba su novio o marido sin papeles. Vino colmada de regalos. Entró como una tromba en la casa y diseminó todos los paquetes que portaba sobre la gran mesa del comedor. Nos contó que meses atrás había cambiado de trabajo. Ahora estaba en una editorial, como correctora y su nuevo sueldo le permitía, después de tantos años, hacernos un mimo con los regalos. Dijo también que había cambiado el auto, cosa que ya habíamos notado. Tenía un Peugeot 504, de segunda mano pero muy lindo. Explicó que el nuevo trabajo quedaba bastante más lejos, más allá de Provincias Unidas, y que el nuevo coche le permitía, a pesar de la distancia, llegar mucho más rápido. Su rutina era desayunar con su novio, subir al auto e ir juntos a trabajar, dado que Horacio también iba a su empleo pasando Provincias Unidas. Nos contó todo eso sin pausas, con acelerada verborragia, a medida que hablaba nos obligaba a saltar de una situación a otra, a imaginar calles y parques. Prácticamente nos arrastró a un tour coloquial por todo Rosario. Después hizo silencio. Pensamos que era para tomar aire pero en realidad estaba creando un clima de suspenso pues estaba a punto de dar la mejor noticia de todas. Elvira, con los ojos brillosos y la mejor sonrisa que le he visto, en medio de lágrima comunicó su embarazo.
Ese fin de semana fue maravilloso. Toda la casa rebosaba de alegría. Elvira nos invadió con su luz. Llena de proyectos, de sueños. Estaba pensando muy seriamente en escribir un libro de cuentos, Se había entusiasmado en la editorial y sus compañeros y jefes la alentaban. Veían que tenía condiciones, que la literatura le salía naturalmente y ella estaba entusiasmada con la idea. Todos la animamos a concretar ese anhelo.
Cuando se fueron, en medio de las risas de toda la familia, desde el auto nos gritó que en unos meses nos enviaría el libro, luego levantó la mano, nos mandó un beso y todos en silencio vimos cómo se alejaba definitivamente de nuestras vidas.
Luego supimos cómo fueron los hechos. Ese lunes, conforme a la rutina que nos contara. Se habían levantado, desayunaron y partieron rumbo a Provincias Unidas. Se detuvieron en un semáforo. Delante de ellos paró un camión del ejército, que transportaba soldados.
Nos dijeron que la explosión no solamente hizo volar al transporte militar sino que alcanzó a varios automóviles cercanos, entre ellos el de Elvira y Horacio. No hubo sobrevivientes. Nos llegó un féretro cerrado. Nunca pudimos darle el último adiós.
Años después, la abuela, mientras estábamos en el patio debajo del jacarandá me confió que aquello llevó a la muerte al abuelo y que desde entonces, desde esa estúpida bomba, la vida de todos había quedado trunca. Que en el cuadro de la familia había pinceladas ausentes, faltaban los trazos de Elvira y eso se notaba. La explosión que se la llevó también arrasó con nuestra alegría y nos amputó el alma.
Ahora, a la mesa, tenemos dos sillas vacías.

Héctor D. Vico  

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