domingo, 4 de junio de 2017

"La muerte de Sócrates" de Francisco Brines

Locución: Manuel López Castilleja






Después de muchas horas de discusión enfebrecida proclamaron: «Ha de morir el hijo de la partera, su elocuente palabra puede conducirnos a todos a la muerte».
Hacía ya tres noches que Atenas comentaba, por boca de los jóvenes,el entusiasmo que, en la casa de Céfalo, se apoderó de los presentesal señalarles Sócrates las normas que habrían de regir el nuevo Estado.

Esta fue la razón de que aprobasen, en conciliábulo secreto, la muerte del filósofo,ya que a su vez todos estaban condenados por la palabra de aquel hombre.
Muy larga fue la discusión, y acalorada, pero también fue noble por parte de unos pocos;y sólo al argumento de estos últimos, pasados tantos años de aquel torpe homicidio,debo yo darle vida en mis palabras.

Porque sus corazones eran buenos,aun advirtiendo en ellos acciones muy confusas cuyos informes trazos eran fruto de la debilidad del ser humano,injustos hechos, por no haber alcanzado todavía aquel conocimiento deseado de la oculta verdad,y otros sucesos mínimos, no menos deplorables.
Mas repasando ahora sus vidas, otras acciones fueron las que debieron merecer la gratitud de los conciudadanos,pues al oído de sus hijos pusieron como ejemplo a imitar el de aquellos varones.

Esto es cierto, los corazones nobles eran pocos:la miserable envidia, el temor de perder la preeminencia, ruin resentimiento,oscuras fueron las razones que impulsaron la muerte.Pero no en los que digo, tan sólo coincidentes en el miedo a morir,pues sustentaban la sentencia en una reflexión que admita, acaso, alguno de vosotros.

Es más, mientras vivieron sintieron el dolor por la muerte de Sócrates,el hombre en quien veían al mejor ateniense, y aún propusieron aplicar, y así lo hicieron, algunas de sus normas.

La creación del nuevo Estado significaba el sacrificio de los que hubieran alcanzado mayor edad de los diez años,deportados en masa para labrar la tierra,porque según los estatutos de la nueva Repúblicala educación viciaba los espíritus todos.
Estimaba el mejor que el sacrificio suyo no importaba
(pues era desasido de los bienes y también de la vida;digno de figurar, si no al lado de Sócrates, en línea con Glaucón o con su hermano),pero tenía un hijo de tres años,tullido de las piernas, y aunque de bella faz,incapaz de ejercicios gimnásticos;
según la nueva ley,condenado a morir por vicio natural.

Otras razones personales nos parecen más débiles,pues alguien defendía la vida de un pariente queridocondenado, sin duda, por ser incorregible su maldad en algunos aspectos de su alma.
Eran siempre razones personales,como el miedo a morir que a todos dominaba,o esta extraña razón que algunos expusieron con documentos abundantes:la calidad de los discípulos,era inferior, en mucho, a la de Sócrates,y algunos no llegaban a la altura de los medianos ciudadanos.

Y al repasar la vida y las costumbres de cada uno de ellos advirtieron que no correspondían la palabra y el acto;era simulación en ellos la doctrina,y el hecho evidenciaba la condición hipócrita.

Las razones más nobles de que muriera Sócrates fueron, pues, éstas (débiles, sin embargo, al sereno entender de la historia futura):engendra, muchas veces, acerba crueldad la mirada del puro,pues no ve que del justo principio se deriva el error en ocasiones;y en el ojo del puro se adhiere red tupida que impide distinguir en los discípulos la verdad del espíritu.

Y sin embargo, Sócrates sabía que su Estado no habría de existir sobre la tierra,pues sólo era un modelo de virtud para ayudar al hombre a que ordenase la conducta del alma.
* * *

(Este seco relato de aquel crimen políticolo dejaron por escrito, y hoy se escribe, se escribirá mañana,al cumplirse cien años del oscuro homicidio).


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