jueves, 13 de abril de 2017

"Lothar Kravitz" de Héctor Vico

Lothar Kravitz

Lo que ha de suceder, sucederá
Virgilio (70 a.C. – 19 a.C.)



No creía en el destino. Me negaba a pensar que todo estaba escrito y que, a pesar de los esfuerzos que realizara, mi sino sería inamovible. Siempre supe que en algunas culturas, incluso en la nuestra, existe la creencia que en precisas y determinadas circunstancias de la vida, coincidimos con personas que nos cambian la existencia. Muchos los llaman ángeles pues se supone que esa intervención es para nuestro beneficio. Nunca lo pude comprobar. Sólo estoy en condiciones de afirmar que luego de mi encuentro con Lothar Kravitz mis creencias se fueron por un caño
No fueron ángeles los que llegaron a mi vida.
Las siguientes líneas relatan los hechos tal cual ocurrieron.
— ¡Che, Zuluaga, anotá! — vociferó mi editor desde el fondo del salón de la revista en la que trabajaba— el lunes a las 18 presentate en Suipacha al 819, Primer piso. Tenés una entrevista.
¡¿Con quién?! —pregunté en el mismo tono. Estaba cansado de su insolencia y malos modos.
—Con Lothar Kravitz. Pidió especialmente por vos. ¿Lo conocés?
—Para nada. ¿Quién es?, pregunté acercándome a su despacho.
—Sentate, me dijo, tenemos que manejarnos muy bien. Es un tipo de la alta sociedad. Debe ser como la quinta o sexta generación en el país. Sus tatarabuelos le robaron miles de hectáreas a los indios y desde ese entonces, nadie en la familia trabaja y se la dan de muy finos. Siempre hubo alguno de ellos en los gobiernos de turno
— ¿Pero por qué pidió por mí, si no lo conozco?
—No lo sé, pero fue muy preciso. Dijo que  necesitaba dar una entrevista pero que solamente hablaría con Lucas Zuluaga y agregó: —No manden a otro que no lo recibiré. — ¿En verdad no lo conocés?
—Nunca escuché ese nombre, jefe. Voy a investigarlo, para ver que aparece.
—Dale, prepárate y el lunes te vas a entrevistarlo.
Me fui para casa.
Era viernes, estaba solo y llovía. Tenía dos opciones. Trabajar hasta quedarme dormido tratando de averiguar sobre la vida de ese tal Lothar o, como habitualmente ocurría, tirarme en mi sillón atiborrado de alcohol para compadecerme de mi mala suerte y de la oscura vida de periodista mediocre que llevaba. Opté por lo primero. Me dije que la suerte la construye uno mismo y, sin más, me zambullí en Google. No surgieron demasiados datos pero si los suficientes como para hacerme una idea de la genealogía de los Kravitz. El primero de ello aparecía vinculado a lo que se llamó “la línea de Alsina”, construida para detener los malones indios en el sur de la provincia de Buenos Aires. Había llegado al país proveniente de Weinheim, Alemania allá por 1868. Pocos años después se unió a las fuerzas militares que luchaban contra los indios. Ascendió rápidamente y en reconocimiento a su valor fue premiado con una gran extensión de tierras, en lo que hoy se conoce como Trenque Lauquen. Ese fue el origen de la fortuna de Kravitz.
Sus descendientes se radicaron en la ciudad de Buenos Aires. El buscador arrojaba resultados curiosos. Era más profusa la información sobre los antepasados, aquellos que fundaron la dinastía y cimentaron la fortuna familiar que lo referente a la generación actual. Parecería que se habían ocupado de borrar sus rastros, tratando de pasar desapercibidos. Solamente se mostraban notas sociales. Lothar, recién aparecía en 1940. Apenas se lo mencionaba. Lo catalogaban como coleccionista de gemas y piedras preciosas y se especulaba con que era el poseedor de uno de los diamantes más extraños del planeta, el llamado “Red Diamond” o Diamante Rojo, aunque no existían pruebas de ello. Salvo esa referencia y una supuesta radicación en Brasil en los años ´70 no existían otros datos de Lothar Kravitz.
Me quedé dormido y sí, había tomado whisky.




Luego de un fin de semana abúlico, durante el cual me fue imposible averiguar algún dato adicional de mi futuro entrevistado y después de una mañana de lunes algo agitada; por la tarde con la escaza información recogida, me encontré frente al edificio de calle Suipacha.  Era una construcción vieja, muy sólida y señorial, de la ´época en que Buenos Aires soñaba con ser París. Llegué al primer piso utilizando un ascensor con puertas de rejas. Una hermosa muchacha de profundos ojos negros y piel cobriza me franqueó la entrada. Con una amable sonrisa me dijo que el Sr. Kravitz me aguardaba en la biblioteca y con un gesto me indicó que la siguiera. Detrás de su cimbreante silueta atravesé los lujosos salones del departamento hasta que la morena me dejó frente a una imponente puerta doble que inmediatamente se abrió y una figura alta, enjuta, de rostro severo y muy blanca sonrisa me dijo:
—Bienvenido. Pase por favor. Hacía tiempo que quería conocerlo.
Algo alelado, sólo atiné a responder: —Gracias, pero no entiendo. ¿Usted sabía de mí?
—Comprendo su turbación. No se impaciente, pronto todo tendrá sentido. Porque siempre supe de usted, es que insistí tanto en que viniera—hizo una pausa y agregó— no nos adelantemos, tome asiento. Póngase cómodo, ya regreso.
Quedé solo en la estancia lo cual fue un alivio pues me costaba sostener la penetrante mirada de sus oscurísimos ojos. Sentía como si me estuviera escrutando el alma. Más relajado y sacándome esas tonterías de la mente, aproveche para curiosear por la espaciosa biblioteca. Parecía un museo. Pinturas de artistas consagrados de todas las épocas, objetos de arte de la más finísima factura, cristales, gemas y por supuesto una colección de libros que serían la envidia de cualquier amante de las letras. Van Gogh Rodin, Pollock, Magritte, Berni, Rivera y muchos más se encontraban por doquier en paredes, anaqueles, vitrinas y muebles de estilo. El valor del conjunto era incalculable. Me costaba creer que en tan solo una vida, alguien pudiera reunir semejante muestra de la más exquisita producción artística de todos los tiempos. No salía de mi asombro.
Regresó al cabo de unos minutos. Traspuso el recinto en un par de zancada y acercándome el estuche que traía consigo, me dijo:
—Todo tiene que ver con esto, Ábralo, por favor —y con una sonrisa agregó—si efectuó su tarea, sabrá inmediatamente que es lo que le voy a mostrar.
Efectivamente, supe inmediatamente de que se trataba pero no pude ocultar mi sorpresa. Por primera vez en la vida veía un diamante de color rojo intenso del tamaño de una nuez grande. Me explicó que los diamantes rojos son muy raros y en consecuencia muy caros. Este que me mostraba, el famoso Diamond Red, de aproximadamente 200 quilates (40 g.) había sido descubierto en una mina ubicada en Nordestina, en el estado de Bahía, en Brasil y la manera en la que se había podido hacer con la gema estaba íntimamente ligada a mí
—Seguramente usted ya sabe que en los años ’70 me radiqué en Brasil. Fueron unos años bastante movidos. Mi rebeldía y mi insatisfacción con la vida que vislumbraba para mí, si por ventura me quedaba en el país, no me atraía para nada. Decidí marcharme y recalé en Salvador de Bahía. Esa decisión me cambió la vida y no se imagina hasta qué punto. Me relacioné, en un principio, con personas poco recomendables. Eso, sumado a mi natural ambición, me llevaron a cometer algunas locuras. Una de ellas fue este diamante, que para los expertos de todo el mundo tiene paradero desconocido. Es verdad, pues está en mi poder debido a que lo robé.
No me resultó difícil. La mina de diamantes está a unos trescientos kilómetros de Salvador. Perdida en medio de la nada. Hasta allí fuimos mis amigos y yo. Si bien había medidas de seguridad, pudimos reducir a los pocos guardias del lugar y saquear la bóveda. Tanta fue nuestra buena fortuna que en su interior, junto a centenares de gemas, hallamos este diamante. Huimos con un precioso botín y nos refugiamos en las montañas. Habíamos acordado pasar una temporada ocultos hasta que pasara el escándalo del robo. El ocio y la codicia, son una mezcla explosiva. Comenzamos a reñir por el reparto del producto del robo. Fue tal la discordia que solamente quedamos dos personas en pié. Pude salvarme gracias a la intervención de un amigo entrañable, el otro sobreviviente de la lucha, que me rescató segundos antes que me apuñalaran. Debido a esa intervención quedó malherido y pocos días después falleció. No pude salvarlo. Muy penosamente al cabo de varios meses regresé a la ciudad, siempre ocultándome y fue en ese momento en que mi vida cambió.
Conocí la cultura afroamericana, con sus ritos y leyendas, y agregó misteriosamente,  le aseguro que no son ninguna leyenda. Fue una etapa intensa y, por decirlo de alguna manera, esclarecedora. Conocí a la que sería la madre de Bruna, la joven que lo recibió y que es mi hija. Ella me inició en la práctica de la magia negra, los sacrificios de animales y la relación con el cosmos. Mi concepción del universo se amplió y juré que la deuda de gratitud que contraje con quien me salvó de una muerte segura, de alguna manera la saldaría. Esa persona fue su bisabuelo y hoy cancelaré la deuda que contraje con él.
Hizo una pausa. Llamó a Bruna. La bella joven entró en la sala portando una bandeja con tres copas y un botellón de vino, todo del más  fino cristal. Escanció el vino de un rojo escarlata en las tres copas. Me ofreció una, la otra a su padre y dejando la bandeja de plata sobre una mesita, se quedó con la tercera.
Lotar dijo en ese momento, lo siguiente:
—Mi querido Lucas, brindo por la vida eterna, y en un inequívoco ademán de brindis me incitó a  beber.
Chocamos las copas y Lothar rompió la suya contra el piso.
Me desperté en mi cama, totalmente desnudo, transpirado y atontado. No recuerdo de qué manera llegué a mi casa. Recurrentes imágenes oníricas deambulaban por mi mente. Esos extraños sueños fueron los que me despertaron. Veía una y otra vez a la hermosa joven, desnuda sobre mí, sonriendo y gozando, con la boca cubierta de sangre.
Me levanté turbado, fui a lavarme la cara. El espejo me devolvió la imagen de dos orificios en la base de mi cuello.


Lothar Kravitz saldó su deuda mientras que yo, agazapado en las sombras, con nuevos hábitos nocturnos, busco mi cena entre los habitantes de Buenos Aires.

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