viernes, 6 de enero de 2017

"El profesor de francés" de Héctor D. Vico

El profesor de francés
      (Basado en el cuento: “La gentileza de los desconocidos” de Antonio Muñoz Molina)

Un hombre, silencioso y solitario, se sienta y escribe acerca de otro hombre, triste y huraño, que vive en una buhardilla en los altos de una casa de alquiler que está  sobre una oscura calle de los suburbios. Cuenta que aquel otro hombre, hoy hosco y taciturno, otrora tuvo la sonrisa fácil y la alegría a flor de piel pero a quien  le ocurrieron cosas que agriaron su carácter.
Aquí el hombre que escribe sabe que debe ir con cuidado pues todo lo que plasme en su relato afectará definitivamente la vida de aquel individuo que vive en una buhardilla. Conoce el poder de las palabras y sabe que ellas crean realidades, tuercen destinos, generan felicidad o producen lágrimas. Las palabras son poderosas, las metáforas enamoran y una vez que son pronunciadas o escritas es imposible revertir su efecto. No obstante, a pesar de vislumbrar las vicisitudes que aguardan a su personaje, prosigue con su relato y cuenta acerca de los contratiempos que lo acongojaron.  
Uno de ellos, tal vez el más doloroso, fue un incidente con una alumna de los cursos superiores del Liceo de Señoritas en dónde enseñaba francés. El hombre que escribe aclara, tal vez como un acto de piedad, que aquello que sucedió y que la prensa trató de abuso, fue una terrible confusión pues en realidad ese suceso fue solamente un sincero acto de amor. Ambos se amaban. No hubo exceso ni ilegalidad pero ese episodio cambió sus vidas para siempre. No le creyeron, lo denostaron. Habían sido sorprendidos en un rincón de la biblioteca en inequívoca actitud amorosa y no hubo marcha atrás. Habían perdido la cabeza y como consecuencia él fue exonerado de su cargo y la alumna recluida en un colegio religioso como pupila. Hace dos años de aquello. Dos largos e interminables años sin noticias de la joven, recordando la obsidiana de sus ojos, sin consuelo y padeciendo algunos meses de prisión.
Con su vida y las penas a cuesta se mudó de barrio y alquiló un pequeño departamento en el primer piso de un viejo edificio en la periferia de la ciudad. Se trata de una vieja construcción en dónde el acceso desde la calle se realiza a por un gran pórtico doble, traspuesto el cual y  torciendo a la derecha, ascender por una  estrecha escalera que termina frente a una gastada puerta de madera semi despintada, que chilla al girar sobre sus goznes y franquea el ingreso a su desván. A ese lastimero quejido de metal cansado de la puerta, y una de las principales causas de su mal humor, jamás pudo solucionarlo a pesar de haber aceitado concienzuda y repetidamente todas las bisagras. Otro detalle imposible de subsanar fue que para poder iluminar su vivienda al llegar entrada la noche, debe accionar el interruptor de la luz que se encuentra en la cocina en el extremo opuesto a la puerta de ingreso, oculto a un costado de la heladera. Atravesar esa distancia en total oscuridad siempre le produjo escozor y temor simultáneamente. Por alguna extraña y desconocida razón se siente observado.
Sobrevive con las clases particulares que dicta en su domicilio y de algunas pocas horas de cátedra en una academia de la vecindad pero apenas le alcanza. Su estrechez económica no se debe a su falta de conocimientos, todo lo contrario, siempre fue reconocido por su excelente nivel académico y siempre fue objeto de consulta de sus colegas. Es otra la causa de su forzada austeridad.
Aquí nuevamente el escritor, en la oscura soledad de su habitación, inmerso de lleno en el relato, con su imaginación trabajando febrilmente, estima conveniente hacer una aclaración: desde hace algún tiempo, en la zona en la que habita Ricardo Marcos Zarza, pues así se llama el profesor de francés, fueron cometidos una serie de asesinatos, todos de similares características y por los cuales la gente está temerosa. El signo distintivo de estos hechos de sangre es que el asesino tiene la costumbre, a modo de firma, de cercenar el dedo menique de la mano derecha de sus víctimas; todas jóvenes adolescentes, alumnas de los colegios circundantes, iguales a su pequeño amor recluido.
Esta circunstancia hizo que mermara el movimiento comercial en el barrio y que los vecinos ya no transitaran animadamente por sus calles. Todos se recluyen en sus casas apenas cae la tarde y ya no se ven hermosas jóvenes caminar despreocupadamente por la vecindad. Como consecuencia Ricardo Marcos dispone, muy a su pesar, de excesivo tiempo libre.
Para ocupar parte de sus horas ociosas y acallar sus recuerdos, el profesor se propuso escribir un libro que cuente la verdad acerca del incidente que acabó con su amor.  Se dijo a sí mismo que sería el mecanismo que exorcizaría sus demonios y quizás, si eventualmente el hipotético libro llegara a sus manos,  actuaría como un mensaje a la niña de ojos verdes mediante el cual le diría que nunca la olvidó. El resto de las horas las ocupaba con animadas charlas con el kiosquero del puesto de revistas que está frente a su casa.
Mediante el contacto diario y las charlas intrascendentes, poco a poco fueron haciéndose amigos, tal vez el único desde que se mudó, y que en estos últimos dos años se convirtió en su confidente. Tal es el grado de confianza que le tomó que a solas, café de por medio, en el kiosco, le confesó la segunda razón por la cual su carácter se tornó hosco y desconfiado. Para hacerlo tuvo que referirse primero al incidente con su enamorada, para que su confidente tuviera una idea acabada de su preocupación y luego si, entró en el verdadero motivo. Esto fue lo que le contó:
—Tengo la certeza de que el asesino vivió en mi departamento.
— ¿Por qué piensas eso?
—Es más, creo que aún conserva las llaves.
—Explícate.
—La semana pasada, sí fue la semana pasada. Disculpa, es que esto me tiene tan nervioso que hasta dudo del día en que vivo — Ricardo Marcos continúo — mientras cocinaba, en los estantes de la cocina, debajo la mesada, encontré algunos frascos pequeños, llenos de un líquido que en principio tomé como agua pero que, al olerlo, tenía el característico olor del cloroformo y al mirarlos bien note que dentro tenían algo que flotaba. Al observarlos a trasluz lo que vi me aterró.
   ¿Qué eran?
Dedos meñiques
   ¿Qué? No puede ser. ¿Es verdad lo que me dices?
—Absolutamente.
—Tienes que hacer la denuncia.
—Eso es imposible, con mis antecedentes nadie me creería, al contrario, me culparían.
—Si lo que sospechas es cierto, me refiero a que si el asesino vivió en tu casa, creo que sería sencillo saber quién es. Es suficiente con que contactes al dueño del departamento y averigües quien fue el anterior inquilino.
—Ya lo pensé. Era un anciano ya fallecido y el nuevo dueño no tiene ningún antecedente de los alquileres anteriores.
Ahora el escritor cuenta que producto de esa charla, y tal vez como acto de solidaridad, el kiosquero le dedicó más tiempo a sus conversaciones con Ricardo Marcos como para que no estuviera tan solo y preocupado. El profesor estaba complacido y con el devenir de los días su actitud fue cambiando. Se mostraba más distendido, locuaz y hasta cierto punto, divertido. Hablaba sobre cualquier tema, bromeaba y comenzó a abrirse a esa relación de amistad contando detalles de su vida que hasta el momento no había confiado a nadie. Habló de sus sueños y sus frustraciones y de un proyecto muy íntimo que llevaba a cabo en la soledad de su departamento.
—Estoy escribiendo un libro – había soltado de repente.
— ¡Excelente! – respondió el kiosquero – cuéntame, ¿de qué se trata?
—Todavía no lo tengo muy claro –mintió -, voy por las primeras páginas. Me pasa algo así como lo que decía Ray Bradbury, me refiero a eso de que hay que crear los personajes y luego seguirlos por dónde ellos vayan.
Ricardo prefirió no decir la verdad. Tenía cierto pudor en contar que en realidad escribía para poder, de alguna manera lavar su honor y, de manera remota, tratar de contactar a la joven causa de sus desvelos.
—Está bien, pero alguna idea tendrás.
—Lo estoy escribiendo en francés.
—Vaya, que interesante.
—Es un desafío que me hice a mí mismo.
—Felicitaciones, pero… no puedes contarme nada.
—Solo el principio, las primeras líneas.
— ¿Cuéntame, como comienza?
—Dice algo así: “Un hombre, silencioso y solitario, se sienta y escribe acerca de otro hombre, triste y huraño, que vive en una buhardilla en los altos de una casa de alquiler que está  sobre una oscura calle de los suburbios”
— ¿Cuál de los dos hombres sos vos?
—Aún no lo decido.
—La verdad es que suena prometedor. Si no es molestia me gustaría saber sobre tus avances en la historia.
—No te preocupes, voy a pedirte tu opinión cuando tenga material para mostrarte –y rápidamente agregó, a modo de broma – cuando decida cuál de los dos personajes soy.
Así fueron pasando los meses. El recuerdo de los atroces asesinatos se hizo cada vez más difuso. La vida en el barrio parecía retomar su ritmo habitual y con ello las menguadas finanzas del profesor se revitalizaron. Comenzó a recibir más alumnos, en la academia  se abrieron nuevos cursos que requirieron de sus servicios. Muy de tanto en tanto un velo de sombra cubría su rostro y era en los momentos en que su pensamiento traía el recuerdo de su amada. Por lo general esta dolorosa nostalgia lo asaltaba cuando luego de sus clases regresaba  en busca del abrigo de su buhardilla para cenar algo de pie en la cocina y sumergirse de lleno en la escritura de su libro.
Fue en una noche de esas, del repetido regreso, ya cansado de oír el solitario retumbar de sus pasos sobre el empedrado buscando el camino a casa y de sentir los recuerdos golpeando el corazón. Fue en una noche de tantas en que todo volvió a comenzar. Al atravesar el vestíbulo del departamento para encender la luz detrás de la heladera, vio sobre la mesada un pequeño frasco que reconoció rápidamente como uno más de los tantos que tenía con dedos meñiques flotando en su interior. Quedó paralizado de terror. No durmió. Aseguró la puerta de ingreso con una silla y revisó que las ventanas estuvieran bien cerradas. Nada de eso le trajo tranquilidad. Estuvo en una vigilia permanente.
Al día siguiente, con sus labores habituales, el suceso de la noche anterior quedó algo relegado, pero al salir para sus clases y para evitar quedarse solo en su casa, de pasada, invitó a cenar al kiosquero. Nunca lo había hecho y esa noche, sin dudas necesitaría compañía.
  Al anochecer cuando ambos regresaban de comprar la comida en la rotisería del barrio, fue el kiosquero quien ingresó primero a la buhardilla y decididamente se encaminó hacia el interruptor de la luz. Ese gesto doméstico, al parecer inocente, fue suficiente como para que se dispararan todas las alarmas en la mente de Ricardo Marcos. En ese instante comprendió que su amigo; el antiguo morador de la vivienda y el feroz asesino de las jóvenes mujeres, eran las mismas personas.
Sólo alcanzó a balbucear:
— ¡Sos vos, el asesino sos vos!
—Lo siento amigo, no puedo dejar testigos y seguidamente hundió su navaja en el tórax del profesor.
Dice el escritor que la sentencia del asesino acerca de no dejar testigo lo puso sumamente nervioso pues sabe que las palabras crean realidades. A tal punto llega su convencimiento e intranquilidad que mientras escribe esto, de espaldas a la puerta de su habitación, iluminado solamente por el resplandor lechoso de la pantalla de su ordenador, escucha claramente pasos que ascienden por  la escalera y percibe que la puerta semi despintada, que da a su desván, acaba de hacer el característico ruido que produce al girar sobre sus goznes, al tiempo que una suave brisa le eriza la piel e intuye que a sus espaldas se encuentra, de pie, el kiosquero.
El hombre que escribe, al caer mortalmente herido, comprueba una vez más que las palabras son poderosas y… peligrosas.
Mientras eso sucede, una bella joven de ojos de obsidiana presiona el timbre del viejo edificio suburbano.
Héctor Vico





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