sábado, 20 de agosto de 2016

"La historia del espejo" de Spencer Holst

La historia del espejo
por Spencer Holst*

Había una vez un poeta que quería convertir su talento en dinero.

Era un buen poeta.

Estaba dedicado a su profesión, al perfeccionamiento de su arte, con todo su ser.

Era culto o, por lo menos, había leído mucho; y tenía una aguda imaginación y podía ser elocuente —cuando escribía—, pero no sabía hablarle a la gente; era tímido y siempre tenía el sentimiento de que la gente relacionaba sus palabras con algo que él no entendía.






Como era un verdadero poeta, esto quiere decir, por supuesto, que trabajaba en menesteres humildes: lavaplatos, oficinista, mensajero.

No existe manera de que un auténtico poeta se gane la vida con su obra.

Un día miró en torno suyo, y vio a todos estos retardados, estas personas vulgares, criminales, inmorales, estúpidas, todos estos idiotas, ¡todos los cuales pueden ganarse la vida!

Y se imaginó que debía de haber algún modo de que una persona con su inteligencia se imaginara cómo no tener que trabajar en estos trabajos ridículos.

Así que le pidió prestada una malla negra a un bailarín amigo, y consiguió una pesada pieza de género que se puso en la cabeza como una capucha de monje, y consiguió un trozo de cristal ovalado, apenas algo mayor que una cara, y lo puso frente a su propia cara, bajo la capucha, pero no era un cristal común, era el llamado “en una dirección”; esto es, la clase de cristal que cuando uno mira a través de él de un lado, es claro, transparente, pero cuando se mira del otro lado es un espejo; puso este cristal ante su cara de modo que él podía mirar a través de él, pero cualquiera que lo mirase sólo veía su propio reflejo.

Fue a un club nocturno del Greenwich Village y consiguió trabajo como oráculo.

De adivino.

Tenía una mesita en el club nocturno y se sentaba allí, y la gente venía y le hacía preguntas de las que uno hace a un oráculo, acerca del futuro, y él decía simplemente lo primero que se le pasaba por la cabeza. Inventaba disparates, hablaba en jerigonza, citaba fragmentos de otros poetas, y tenía una aguda imaginación de modo que inventaba pequeñas fantasías, cuentos, y a la gente parecía gustarle.

Descubrió que cuando tenía puesto su espejo, perdía la timidez.

Podía hablar con la gente con facilidad.

Algunas personas hasta lo tomaban en serio, pero él tan sólo se reía de ellos y nunca pretendió ser otra cosa que un animador.

Después de un tiempo se encontró con que estaba ganando bien en el club nocturno.

Había una chica, una bailarina de striptease que también trabajaba en el club nocturno.

Trabajaba con luz negra.

Con luz ultravioleta.

Pero únicamente su traje era luminoso, ella no, y como no había otra luz, a medida que interpretaba su baile y una a una sus ropas caían, ella desaparecía.

Únicamente sus ropas era luminosas, de modo que cuando caía el último corpiño o la última bombacha, ella era invisible y el escenario quedaba regado con luminosos montones de ropa.

Ese era su número.

Ambos se enamoraron.

Pero cuando el poeta no tiene puesto su espejo, vuelve a ser el tímido de antes. No sabe cómo abordar a la chica, y no sabe que ella también está interesada en él.

Una noche (a mitad de semana, no hay mucho público) él ve a la chica que camina por la vacía pista de baile en su dirección, y ella tiene algo escondido a sus espaldas, de manera que él no puede ver de qué se trata.

Así es que ella se sienta a su mesa y…

¡Aquí está!

Y él tiene puesto su traje y su espejo, así que súbitamente puede hablar.

Está a punto de expresarse, de expresar su amor cuando la chica le dice: “¡Mire! Yo no quiero que me adivine nada, no quiero saber nada sobre mí misma. ¡Quiero saber algo de usted!”

Y en este momento, sacó de atrás de su espalda un espejo ovalado de su mena de tocador, apenas algo mayor que una cara, y lo puso frente a la cara-espejo de él, y le dijo: “¿Qué ves?”

Perdóname, lector, pero por un instante debo hacer una digresión para explicarte lo que él vería.

Sabes que cuando te paras entre dos espejos, o cuando te sientas en el sillón del peluquero, parece haber un corredor entre los espejos; pero si alguna vez te detienes a observar verás que, aunque quizá puedas ver seis o siete niveles, nunca puedes ver el final del corredor; siempre tu propio primer reflejo se interpone en el camino, y si intentas hacerte a un costado, todo el corredor desaparece por un costado del marco del espejo.

Pero en este caso, él miraría a través del vidrio y vería un espejo, pero el espejo sólo “vería”, por así decirlo, un espejo, que a su vez vería un espejo, y etcétera.

No habría nada entre los dos espejos para obstaculizar la visión, de modo que él podría ver el corredor estirándose en línea recta hasta el infinito.

Así que, para recapitular la situación: la chica de la cual está enamorado se sienta frente a él, y él tiene puesto su espejo, de modo que puede hablar, y está a punto de expresar su amor cuando la bailarina de striptease le pregunta: “¿Qué ve?” Y en ese momento la chica desaparece, el club nocturno desaparece, y el hombre ve un corredor hasta el infinito.

No dice nada.

La chica saca su espejo y le dice: “Diga algo”

Pero el hombre no dice una palabra.

Ella le tira de la manga y le dice: “No se quede sentado ahí, diga algo…”

Pero él no se mueve.

Y durante diecisiete años no se ha movido.

Todavía está sentado, exactamente en la misma posición, un catatónico en un hospicio… lo alimentan por un tubo, y es incontinente, y ha perdido por completo el contacto con el mundo exterior.

Pero los médicos y las enfermeras pueden discernir —a través de cambios en su expresión facial, y a través de las palabras que masculla inaudiblemente, de modo que nunca pueden saber bien qué está diciendo—, pueden discernir que en su mente lleva una vida muy activa, y que tiene experiencias en un mundo de sueños…

Y en este mundo de sus sueños, en la vida que vive adentro de su cabeza, todo el resto de la gente usa espejos sobre sus caras, y él es el único que no lo tiene.

A causa de esto se siente en gran medida como un extraño, y trata de averiguar, pregunta a la gente: ¿por qué él no tiene un espejo sobre su cara como los demás?

Pero la gente, o bien le da respuestas falsas y trata de burlarse de él, o bien pretende que no sabe de qué está hablando.

Y a causa de esto, él no consigue sino trabajos humildes, como lavaplatos, oficinista o mensajero.

Como este “entero mundo” es, después de todo, tan sólo su imaginación, como es tan sólo su sueño… bueno… puede pasar cualquier cosa.

Por ejemplo: después de haber trabajado toda la semana en alguna espantosa ocupación, agarra su cheque con todo el sueldo y se va a la guarida de los drogadictos.

(No se trata de una droga verdadera, por supuesto, sino de lo que él se imagina que es una guarida de drogadictos, porque sea como fuere que uno pueda imaginar una guarida de drogadictos en un sueño… así es realmente.)

Pero la otra gente en la guarida de los drogadictos, cuando se ponían high, ¡oh!, bailaban, y cantaban, y se reían, y se divertían muchísimo; pero él no, se limitaba a encontrar una silla cómoda y a sentarse.

Y con el paso de los años, se adaptó a su mundo. En realidad, se arrancó de la conciencia, a la fuerza; este conocimiento que tiene de que es realmente distinto de los demás, que no tiene un espejo sobre su cara. Cuando alguien alude a este hecho, él hace como que no oye, o hace como si estuvieran hablando de otra cosa. Y a medida que pasan los años, empieza a pensar en sí como “normal”.

Saben, todos son un poco neuróticos, todos tienen problemas. Pero él terminó por pensar de sí mismo como si fuera otro ser humano común… aunque… hay veces en que sospecha, hay veces en que piensa que es un poco peculiar que una persona vaya y se gaste todo el cheque del sueldo en la guarida de los drogadictos, quiero decir… solamente para sentarse allí.

Pero hay otra manera en que podría terminar esta historia, por ejemplo: él conoce una chica, y la chica tampoco tiene un espejo sobre su cara, y por supuesto, se reconocen el uno al otro inmediatamente, esto es, que ninguno de ellos tiene un espejo sobre la cara.

Y ella le dice (ella ha estado en “este mundo” más tiempo que él) que él no tiene que trabajar en esos menesteres horribles, y que le puede enseñar cómo desenvolverse…

“Ven a mi casa”, le dice ella. (La relación entre ambos es, desde el principio, más la de hermano y hermana que una de tipo sexual.)

Y así, salen caminando de la ciudad hasta el borde del mar y caminan por la playa quizá cerca de una milla, hasta un lugar muy aislado donde no hay gente; hay un palmar muy agradable, y en el centro del palmar hay una pequeña carpa.

“¡Mira! —dice ella—. Yo vivo aquí. No tengo que pagar alquiler. Voy a nadar todas las mañanas. Es saludable vivir al sol. Es maravilloso”.

“Bueno, sí —dice el hombre—. Es estupendo… pero, ¿cómo haces para comer?”

“Estoy a punto de preparar el almuerzo en este momento. ¿Por qué no te quedas a almorzar conmigo?”

Y entonces ella extiende una manta sobre la arena, y saca dos platos de latón y va hasta el borde del mar, y él la observa allí, juntando cosas de la superficie y poniéndolas en los platos.

Ella vuelve y pone los platos sobre la manta y los dos se sientan con las piernas cruzadas sobre la arena, y ella empieza a comer.

Él mira su plato y ahí, en el centro, hay un montoncito de guijarros, menudos guijarros vueltos redondos y suaves por el mar.

Él levantó un guijarro y lo examinó: realmente, no era más que una piedra.

Se puso uno de ellos en la boca, e hizo una pequeña mueca, lo tragó… y lo deglutió.

Ella observó: “Es un poco difícil al principio, pero uno se acostumbra después de un tiempo”.

Habría otra forma de terminar esta historia, pero ese final es pornográfico y yo no escribo esa clase de cosas.

La pornografía no tiene ningún lugar de ninguna clase en la literatura.



* Texto extraído de El idioma de los gatos

Ilustración: Louise Bourgeois

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