martes, 30 de agosto de 2016

"Epifanía" de Héctor Tizón

"Epifanía" de Héctor Tizón relatado por Inés Corton.

















Epifanía


Héctor Tizón


Algunas veces, antes de que anocheciera, se podían distinguir en el pálido horizonte unos trazos difuminados semejantes a nubes. Pero ya nadie recordaba la lluvia. La aridez sólo era morigerada por la humedad que en los amaneceres destilaba el rocío de las escasas plantas.

Para los de aquí, descendientes de adoradores del sol, el sol es el infierno, que seca la piel antes de que la muerte llegue; estos hombres ya ni siquiera saben defenderse porque han perdido el concepto del mal.

Hacía mucho tiempo que no nacía una mujer en estos pagos, y por falta de hembras los varones mozos debían exiliarse; ya sólo quedaban los ancianos; las mujeres, multíparas, morían, y a los jóvenes se los llevaba el camino.

El día en que las dos comadronas anunciaron la inminencia del nacimiento fue, para todos, de fiesta. Por la forma esférica y no ovoidal del abdomen, por el rumor silencioso como de vientos profundos que las viejas oían al poner sus orejas sobre el vientre grávido, y por la entrañable suavidad y tibieza de la piel, estuvieron seguras las parteras del inminente advenimiento.

El hecho se expandió por las comarcas: ahora, otra vez, iba a nacer una hembra; y esto era como una esperanza y como una flor.

Con el anuncio se preparó el ágape, que sería una comida fraternal y primitiva: cordero asado con hierbas amargas, y maíz; y música de viento.

El pueblo no era grande, apenas siete casas, con sus corrales circulares de piedra seca.

Se obstinaba la gente en construir sus casas en esta paramera, sólo apta para senderos de cabras, cuando a lo sumo podría ser habitada por el viento polvoroso.

Un cuento inmemorial pretende que aquí, o muy cerca de aquí, alguna vez existió un lago; nadie lo cree pero nadie lo niega, y todos los pequeños pueblos de esta región lo reclaman para sí. Algunos hasta han creído ver los rastros o vestigios de ruinas, de cobijos de pescadores que echaban sus redes a la luz de la luna.

Los pequeños pueblos no son más de tres, separados entre sí por leguas tan yermas como las del país de Caín, a quien el Señor había condenado a vagar por el desierto. De allí salieron dos hombres, impulsados por el rumor del nacimiento, y estos dos se hallaron en un cruce de senderos con otro más, y los tres juntos emprendieron el camino. Casi no hablaron entre ellos, puesto que lo que pudieron haberse dicho ya cada quien lo sabía.

Los tres viajeros pasaron la noche a la intemperie y durmieron encogidos junto al fuego que se extinguió al amanecer. Sólo dos tenían cada cual una alforja; uno de ellos llevaba un pequeño pellón, y el otro una ollita del tamaño de una mano, con su tapadera; el tercero era tan pobre que no llevaba nada.

Al amanecer del quinto día avistaron una delgada columna de humo que se mantenía erguida porque a esa hora el viento se recata. Apuraron el paso, pero el sol les ganó en llegar. No tuvieron que hacer ninguna pregunta y, enseguida, los tres estuvieron junto al jergón donde yacía la criatura recién nacida, que acababa de morir.

Tampoco en el camino de regreso hablaron entre ellos, tampoco ahora tenían nada que decirse. Quizá porque todos sabían que vivir ahí era como una extravagante vanagloria.

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