sábado, 16 de julio de 2016

"Mis vecinos golpean" de Abelardo Castillo

“Mis vecinos golpean” de Castillo, se trata de la presencia de sonidos que se escuchan a través de la pared y que comienzan a interpelar y requerir a los personajes que están del otro
lado.










Abelardo Castillo
Mis vecinos golpean


De Cuentos completos. Mundos reales, Alfaguara, Buenos Aires, 2012.


Mis amigos, los buenos amigos que ríen conmigo y que acaso
me aman, no saben por qué, a veces, me sobresalto sin motivo
aparente e interrumpo de pronto una frase ingeniosa o la
narración de una historia y giro los ojos hacia los rincones,
como quien escucha. Ellos ignoran que se trata de los ruidos,
ciertos ruidos (como de alguien que golpea, como de alguien
que llama con golpes sordos), cuyo origen está al otro lado de
las paredes de mi cuarto.
A veces, el sonido cesa de inmediato, y entonces no es más que
un alerta, o una súplica velada quizá, que puede confundirse
con cualquiera de los sonidos que se oyen en las casas muy
antiguas. Yo suspiro aliviado y, después de un momento,
reanudo la conversación, puedo bromear o hablar con
inteligencia, hasta con calma, esa especie de calma que son
capaces de aparentar las personas excesivamente nerviosas,
aunque sepan que ahí, del otro lado, están los que en
cualquier momento pueden volver a llamar. Pero otras veces
los golpes se repiten con insistencia, y me veo obligado a
levantar el tono de la voz, o a reír con fuerza, o a gritar como
un loco. Mis amigos, que ignoran por completo lo que ocurre
en la gran casa vecina, aseguran entonces que debo cuidar
mis nervios y optan por no llevarme la contraria; lo hacen con
buena intención, lo sé, pero esto da lugar a situaciones aún
más terribles, pues, en mi afán de hacer que no oigan el
tumulto, comienzo a vociferar por cualquier motivo,
insensatamente, hasta que ellos menean la cabeza con un
gesto que significa: ya es demasiado tarde. Y me dejan solo.
No recuerdo con exactitud cuándo empecé a oír los golpes: sin
embargo, tengo razones para creer que el llamado se repitió
durante mucho tiempo antes de que yo llegara a advertirlo. Mi
madre, estoy seguro, también los oía; más de una vez, siendo
niño, la he visto mirar furtivamente a su alrededor, o con el
oído atento, pegado a la pared. Por aquel entonces yo no podía
relacionar sus actitudes con ellos, pero, de algún modo,
siempre intuí que el misterioso edificio (el blanco y enorme
edificio rodeado de jardines hondos y circundado por un alto
paredón) contra cuya medianera está levantada nuestra propia
casa ocultaba algún grave secreto. Recuerdo que una
medianoche mi madre se despertó dando un grito. Tenía los 
ojos muy abiertos y se me antojaba imposible que nadie en el
mundo pudiese abrir de tal manera los ojos. Torcía la boca con
un gesto extraño, un gesto que, en cierto modo, se parecía a
una sonrisa pero era mucho más amplio que una sonrisa
vulgar: se extendía a ambos lados de la cara como las muecas
de esas máscaras que yo había visto en carnaval. Sonriendo y
mirándome así, me dijo, como quien cuenta un secreto:
—¿Has oído?
—No, madre —respondí, y la contemplaba extasiado, pues
nunca había visto un gesto tan extraordinario y divertido como
este que ahora tenía su cara.
—Son ellos —murmuró, moviendo rápidamente los ojos hacia
todas partes, como si temiera que alguien que no fuese yo
pudiera escuchar nuestra conversación—. Ellos quieren que
vaya.
Nos reímos mucho aquella noche, y yo me dormí luego,
apaciblemente entre sus brazos. A la mañana, mi madre no
recordaba nada o no quería hacer notar que recordaba, y a
partir de entonces se volvió cada día más reconcentrada y
empezó a adelgazar. Usaba, lo recuerdo, un largo camisón
blanco que la hacía parecer mucho más alta de lo que en
realidad era, y se deslizaba, lentamente, junto a las paredes.
Estoy seguro, sí, de que ella sabía quiénes viven del otro lado,
y hasta es probable que también lo supieran mis parientes que
—muy de tarde en tarde y, a medida que pasaba el tiempo,
cada día con menos frecuencia— solían visitarnos; pues, en
más de una ocasión, los he oído reconvenir a mi madre:
—Pero, Catalina, mujer, no tenías otro sitio donde instalarte
que al lado de un…
Y callaban o bajaban el tono. Aunque, alguna vez, yo creí
entender la palabra que ellos no se atrevían a pronunciar en
voz alta. Luego agregaban que aquel sitio no era el más
indicado para ella, ni siquiera para el niño, para mí, tan
delicados, e indudablemente se referían a nuestro
temperamento y al de toda mi familia, excitable y tan extraño.
Un día por fin se la llevaron. Ella no parecía del todo conforme
pues gesticulaba y, según me parece ahora, hasta gritó. Pero
yo era muy pequeño entonces y evoco confusamente aquellos
años, tanto, que no podría asegurar que fueran nuestros
familiares quienes la arrastraban aquel día hacia la calle. De
cualquier modo, mi primera comunicación directa con ellos,
los que viven del otro lado, se remonta a una época muy
posterior a mi infancia.
Algo, alguna cosa triste u horrible, debió de haberme pasado
aquella noche porque al llegar a mi casa y encerrarme en mi
cuarto, apoyé la cabeza contra la pared. Al hacerlo, sentí un
ruido atroz, un crujido, como si en realidad en vez de 
arrimarme a la pared me hubiera arrojado contra ella. Y, ahora
que lo pienso, eso fue lo que ocurrió, porque un momento
después yo estaba tendido en el piso y me dolía
espantosamente el cráneo. Entonces, oí un sonido análogo —o
mejor: idéntico— al que había hecho mi cabeza un segundo
antes.
No sé si debo contar lo que pasó de inmediato. Sin embargo,
no es demasiado increíble: a todo el mundo le ha sucedido que
oyendo un golpe a través del tabique de su habitación sienta la
incontrolable necesidad de responder; no debe asombrar
entonces que del otro lado llegara una especie de respuesta, y
que, acto seguido, yo mismo repitiera el experimento. Aquella
noche me divertí bastante. Creo que reía a carcajadas y daba
toda clase de alaridos al imaginar, pared por medio, a un
hombre acostado en el suelo dando topetazos contra el zócalo.
Como digo, éste fue el origen de mi comunicación con los
habitantes de la casa vecina (escribo «los habitantes» porque
con el tiempo he advertido claramente que del otro lado hay,
con toda seguridad, más de una persona, y hasta sospecho
que se turnan para golpear), casa que mis parientes nunca
mencionaron en voz alta, porque no se atrevían, pero que mi
prima Laura nombró claramente una tarde, cuando,
señalándome con su dedo malvado, dijo:
—Este vive al lado de un matrimonio.
Sólo que ella dijo otra cosa, una palabra que en mis oídos de
niño sonaba como matrimonio y que alcanzó a pronunciar un
segundo antes de que alguien le tapara la boca con la mano.
Por eso mis amigos, los buenos amigos que ríen conmigo y que
tal vez me aman realmente, ignoran el motivo de mis
repentinos sobresaltos cuando ellos, los que viven pared por
medio, me advierten que no se han olvidado de mí.
A veces, como he dicho, es un llamado sordo, rápido —una
especie de tanteo o de insinuación velada—, que cesa de
inmediato y que puede no volver a repetirse en horas, o en
días, o aun en semanas. Pero en otras ocasiones, en los
últimos tiempos sobre todo, se transforma en un tumulto
imperioso, violento, que surge desde el zócalo a unos treinta
centímetros del suelo —lo que no deja lugar a dudas acerca de
la posición en que golpean, ya que no ignoro el instrumento
que utilizan para tentarme— y siento que debo contestar, que
es inhumano no hacerlo pues entre los que llaman puede
haber algún ser querido, pero no quiero oírlos y hablo en voz
alta, y río a todo pulmón, y vocifero de tal modo que mis
buenos amigos menean la cabeza con un gesto triste y acaban
por dejarme solo, sin comprender que no debieran dejarme
solo, aquí, en mi cuarto fronterizo al gran edificio blanco, la
gran casona blanca de ellos, oculta entre jardines hondos y
custodiada por una alta pared

No hay comentarios:

Publicar un comentario