lunes, 16 de mayo de 2016

"La Extraña Casa en la Niebla" de H.P. Lovecraft

En el año 1639 miles de colonos procedentes del sur de Inglaterra y las islas del Canal de la Mancha alcanzaron las costas de los EEUU. En los márgenes del río Miskatonic, al noreste de Massachussets, donde los mitos y leyendas de Nueva Inglaterra se mezclan con antiguos rumores de seres inauditos y cultos prohibidos, se levantó junto a la costa la pequeña localidad de Kingsport. La ciudad era un próspero puerto de mercancías, pero con el paso de los años y la llegada de la modernidad, sus gentes se volvieron hurañas y siniestras. Hoy algunos la conocen como Prides crossing y unos pocos la confunden a menudo con la ciudad de Marblehead. La mayoría simplemente prefiere ignorar los caminos que conducen hasta las pequeñas y grotescas techumbres de sus casas, en parte debido a las supersticiones y en parte a las dificultades que conlleva transitar el aislado y pedregoso camino que la atraviesa. 
A principios del siglo XX, aparecieron las primeras historias sobre un culto innombrable que realiza extraños rituales paganos en las cavernas y galerías que recorren las entrañas de la tierra. Innumerables grutas subterráneas que cobijan secretos que no deben ser revelados. En Kingsport nació también la leyenda del terrible anciano, que guarda extraños péndulos de plomo en botellas de cristal y paga siempre sus deudas con antiguas monedas de oro español. Dicen que ha vivido cientos de años, y que a pesar de su infame reputación, es venerado y temido por sus vecinos. Nadie que haya oído las leyendas se acercaría a Kingsport hoy en día. Pero hubo un tiempo en el que los rumores no eran tan poderosos, un tiempo en el que los turistas viajaban allí de cuando en cuando, a admirar las preciosas vistas del mar rompiendo contra su inmenso acantilado. Y fue entonces cuando nuestro protagonista de esta noche llegó a Nueva Inglaterra. El sería el primero en visitar lo alto del risco más elevado de Kingsport, donde se adivina entre la niebla, en las noches sin luna, una tenue luz que suspira desde que se asentaron allí los primeros colonos. Nadie se había atrevido a escalar el acantilado para encontrar respuestas, nadie había osado contradecir a los marinos portugueses, a los viejos habitantes del puerto a los ancianos y los comerciantes cuando advertían los horrores y maravillas que se ocultan en lo alto del acantilado. Nadie debe subir hasta allí, nadie debe poner un pie en el umbral de la ventana que se ilumina en las noches sin luna. Así pues, acompáñennos amigos, adentrémonos en los escarpados senderos de esta ciudad innombrable, donde los sonidos del mar embravecido despiertan agónicos lamentos de oleaje para descubrir el misterio que se oculta tras la puerta de la extraña casa en la niebla.



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