martes, 12 de abril de 2016

Audiolibro: "Cuentos en verso para niños perversos" de Roald Dahl

Escritor nacido en Gales el 13 de Septiembre de 1916, murió en Inglaterra el 23 de Noviembre de 1990. Al dejar el colegio, consiguió un empleo en la compañía Shell, porque estaba seguro que lo enviarían al exterior. Y así fue. Fue enviado a África donde encontró las aventuras que deseaba: calor, cocodrilos, víboras y safaris. Vivió en la jungla y sufrió malaria. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial viajó a Nairobi y se unió a la Real Fuerza Aérea. Fue piloto de guerra;derribaba aviones alemanes y él también fue derribado. Luego de 6 meses en el hospital, volvió a volar. En 1942 fue a Washington donde comenzó a escribir sus cuentos. En 1943 publicó su primer libro infantil con Walt Disney, Los grendelines, y en 1945 apareció su primer libro de historias cortas en Estados Unidos. Sus libros están hechos de fantasía y sobre todo de mucha imaginación. Siempre son un poquito crueles, pero siempre con humor, una mezcla entre lo cómico y lo grotesco. Recibió numerosos premios, como el "Edgar Allan Poe Award"


 

LA CENICIENTA

"¡Si ya nos la sabemos de memoria!",

diréis. Y, sin embargo, de esta historia

tenéis una versión falsificada,

rosada, tonta, cursi, azucarada,

que alguien con la mollera un poco rancia

consideró mejor para la infancia...

El lío se organiza en el momento

en que las Hermanastras de este cuento

se marchan a Palacio y la pequeña

se queda en la bodega a partir leña.

Allí, entre los ratones llora y grita,

golpea la pared, se desgañita:

"¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!

¡¡Os arrancaré el moño por granujas!!".

Y así hasta que por fin asoma el Hada

por el encierro en el que está su ahijada.

"¿Qué puedo hacer por ti, Ceny querida?

¿Por qué gritas así? ¿Tan mala vida

te dan esas lechuzas?". "¡Frita estoy

porque ellas van al baile y yo no voy!".

La chica patalea furibunda:

"¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!

¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,

zapatos de charol, sortija, broche,

pendientes de coral, pantys de seda

y aromas de París para que pueda

enamorar al Príncipe en seguida

con mi belleza fina y distinguida!".

Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,

en menos tiempo del que aquí se cuenta,

se personó en Palacio, en plena disco,

dejando a sus rivales hechas cisco.

Con Ceny bailó el Príncipe rocks miles

tomándola en sus brazos varoniles

y ella se le abrazó con tal vigor

que allí perdió su Alteza su valor,

y mientras la miró no fue posible

que le dijera cosa inteligible.

Al dar las doce Ceny pensó: "Nena,

como no corras la hemos hecho buena",

y el Príncipe gritó: "¡No me abandones!",

mientras se le agarraba a los riñones,

y ella tirando y él hecho un pelmazo

hasta que el traje se hizo mil pedazos.

La pobre se escapó medio en camisa,

pero perdió un zapato con la prisa.

el Príncipe, embobado, lo tomó

y ante la Corte entera declaró:

"¡La dueña del pie que entre en el zapato

será mi dulce esposa, o yo me mato!".

Después, como era un poco despistado,

dejó en una bandeja el chanclo amado.

Una Hermanastra dijo: "¡Ésta es la mía!",

y, en vista de que nadie la veía,

pescó el zapato, lo tiró al retrete

y lo escamoteó en un periquete.

En su lugar, disimuladamente,

dejó su zapatilla maloliente.

En cuanto salió el Sol, salió su Alteza

por la ciudad con toda ligereza

en busca de la dueña de la prenda.

De casa en casa fue, de tienda en tienda,

e hicieron cola muchas damiselas

sin resultado. Aquella vil chinela,

incómoda, pestífera y chotuna,

no le sentaba bien a dama alguna.

Así hasta que fue el turno de la casa

de Cenicienta... "¡Pasa, Alteza, pasa!",

dijeron las perversas Hermanastras

y, tras guiñar un ojo a la Madrastra,

se puso la de más cara de cerdo

su propia zapatilla en el pie izquierdo.

El Príncipe dio un grito, horrorizado,

pero ella gritó más: "¡Ha entrado! ¡Ha entrado!

¡Seré tu dulce esposa!". "¡Un cuerno frito!".

"¡Has dado tu palabra. Principito,

precioso mío!". "¿Sí? -rugió su Alteza.

--¡Ordeno que le corten la cabeza!".

Se la cortaron de un único tajo

y el Príncipe se dijo: "Buen trabajo.

Así no está tan fea". De inmediato

gritó la otra Hermanastra: "¡Mi zapato!

¡Dejad que me lo pruebe!". "¡Prueba esto!",

bramó su Alteza Real con muy mal gesto

y, echando mano de su real espada,

la descocorotó de una estocada;

cayó la cabezota en la moqueta,

dio un par de botes y se quedó

quieta...

En la cocina Cenicienta estaba

quitándoles las vainas a unas habas

cuando escuchó los botes, -pam, pam, pam del

coco de su hermana en el zaguán,

así que se asomó desde la puerta

y preguntó: "¿Tan pronto y ya despierta?".

El Príncipe dio un salto: "¡Otro melón!",

y a Ceny le dio un vuelco el corazón.

"¡Caray! -pensó-. ¡Qué bárbara es su alteza!

con ese yo me juego la cabeza...

¡Pero si está completamente loco!".

Y cuando gritó el Príncipe: "¡Ese coco!

¡Cortádselo ahora mismo!", en la cocina

brilló la vara del Hada Madrina.

"¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,

que tus deseos corren de mi cuenta!".

"¡Hada Madrina, -suplicó la ahijada-,

no quiero ya ni príncipes ni nada

que pueda parecérseles! Ya he sido

Princesa por un día. Ahora te pido

quizá algo más difícil e infrecuente:

un compañero honrado y buena gente.

¿Podrás encontrar uno para mí,

Madrina amada? Yo lo quiero así...".

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Y en menos tiempo del que aquí se cuenta

se descubrió de pronto Cenicienta

a salvo de su Príncipe y casada

con un señor que hacía mermelada.

Y, como fueron ambos muy felices,

nos dieron con el tarro en las narices.




JUAN Y LA HABICHUELA MÁGICA


La madre de Juan dijo: "Se acabó.

No queda un chavo en casa... Y digo yo

que en el mercado, echándole tupé,

podrás vender la vaca, conque ve

y cuenta allí lo sana que es la Juana,

aunque tú y yo sepamos que es anciana".

Se fue Juan con la vaca y volvió luego

diciendo: "¡Madre, cómo les di el pego!

Jamás habrá un negocio tan redondo

como el que hizo tu Juan". "¡Mira el sabihondo!

Seguro que tu trato es un desastre

y que te ha dado el timo algún pillastre...".

Mas cuando Juan, con gesto artero y pillo,

extrajo una habichuela del bolsillo

su madre saltó un cuádruple mortal,

se puso azul y le gritó: "¡Animal!

¿Te has vuelto loco? Dime, tarambana,

¿te han dado una habichuela por la Juana?

¡Te mato!", y tiró al huerto la habichuela,

agarró a Juan y le atizó candela

con la mangueta de la aspiradora

zurrándole lo menos media hora.

A las diez de la noche, sin embargo,

la alubia empezó a echar un tallo largo,

tan largo que la punta se perdía

entre las nubes cuando llegó el día.

Juanito gritó: "¡Madre, echa un vistazo

y dime si ayer no hice un negociazo!".

La madre dijo: "¡Calla, pasmarote!

¿Acaso da habichuelas ese brote

que pueda yo meter en el puchero?

¡No agotes mi paciencia, majadero!".

"¡Por Dios, mamá, que no hablo de semillas!

¿No ves que es de oro? ¡Mira cómo brilla!".

¡Cuánta razón tenía el rapazuelo!

Allá afuera, estirándose hasta el cielo,

brillaba una alta torre de hojas de oro

más imponente que el mayor tesoro.

La madre de Juanito, espeluznada,

pegó otro brinco y dijo: "¡Qué burrada!

Hoy mismo compro un Rolls, me voy a Ibiza

y abro una cuenta en una banca suiza.

¡Vamos, mastuerzo, tráeme las que puedas

y las que no sean de oro te las quedas!".

Y Juan, sin atreverse a vacilar,

trepó por la habichuela sin tardar,

ganando altura, -no preguntéis cuánta

hasta alcanzar la punta de la planta.

Mas una vez allí ocurrió una cosa

de lo más espantable y horrorosa:

se levantó un estruendo tremebundo

como si se acercara el fin del mundo

y habló una voz terrible, muy cercana,

que dijo: "¡¡_Estoy oliendo a carne humana_!!".

Juanito se dio un susto de caballo

y sin pensarlo más bajó del tallo.

"¡Ay, madre!, si lo sé yo no te escucho,

que arriba hay un señor que grita mucho,

que yo lo he visto, y me parece injusto

subir y que me peguen otro susto...!

Es un gigante. Y anda bien de olfato".

"¡Qué tonterías dices, mentecato!".

"Me olió sin verme, madre, te lo juro.

Es un gigante enorme, estoy seguro...".

"Naturalmente que te olió, marrano,

que no te duchas más que en verano

y apestas como un chivo y no obedeces

por más que te lo mande cien mil veces...".

Juan respondió: "Mamá, ¿por qué no subes,

ya que eres tan valiente, hasta las nubes

tú misma?", y ella dijo: "¡Desde luego!

Yo sin luchar a tope no me entrego".

Se arremangó las faldas y de un salto

tomó la enorme planta por asalto

y se perdió en sus hojas, mientras Juan

dudaba del buen éxito del plan,

temiendo que el tufillo mareante

de su mamá enfadara a aquel gigante.

Mirando arriba estaba... hasta que un ruido

que no esperaba, más bien un chasquido

terrible, y una voz desde la altura

llegaron a su oído: "¡_Estaba dura

y le sobraban huesos, pero al menos

los dos muslitos me han sabido buenos_!".

"¡Atiza! -exclamó Juan-. ¡Ese chiflado

se merendó a mi madre de un bocado!

-Olfateó- ya lo decía yo.

Ese tufillo horrible...". Y contempló

la inmensa planta de oro: "¡Mala suerte!

Tendré que enjabonarme y frotar fuerte

para poder pasar por inodoro

si quiero reincidir en lo del oro".

Conque se dirigió al cuarto de baño

por la primera vez en aquel año,

gastó siete champús, doce jabones

y se llenó los pelos de lociones,

se cepilló las muelas y los dientes

y se dejó las uñas relucientes.

Volvió luego a la planta nuestro chico

y allí arriba seguía, hecho un borrico,

sorbiéndose los mocos y escupiendo,




BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANOS




Cuando murió la madre de Blanquita

dijo su padre, el Rey: "Esto me irrita.

¡Qué cosa tan pesada y tan latosa!

Ahora tendré que dar con otra esposa..."

-es, por lo visto, un lío del demonio

para un Rey componer su matrimonio-.

Mandó anunciar en todos los periódicos:

"Se necesita Reina" y, muy metódico,

recortó las respuestas que en seguida

llegaron a millones... "La elegida

ha de mostrar con pruebas convincentes

que eclipsa a cualquier otra pretendiente".

Por fin fue preferida a las demás

la señorita Obdulia Carrasclás,

que trajo un artefacto extraordinario

comprado a algún exótico anticuario:

era un _espejo mágico parlante_

con marco de latón, limpio y brillante,

que contestaba a quien le planteara

cualquier cuestión con la verdad más clara.

Así, si, por ejemplo, alguien quería

saber qué iba a cenar en ese día,

el chisme le decía sin tardar:

"Lentejas o te quedas sin cenar".

El caso es que la Reina, que Dios guarde,

le preguntaba al trasto cada tarde:

"Dime Espejito, cuéntame una cosa:

de todas, ¿no soy yo la más hermosa?".

Y el cachivache siempre: "Mi Señora,

vos sois la más hermosa, encantadora

y bella de este reino. No hay rival

a quien no hayáis comido la moral".

La Reina repitió diez largos años

la estúpida pregunta y sin engaños

le contestó el Espejo, hasta que un día

Obdulia oyó al cacharro que decía:

"Segunda sois, Señora. Desde el jueves

es mucho más hermosa Blancanieves".

Su majestad se puso furibunda,

armó una impresionante barahúnda

y dijo: "¡Yo me cargo a esa muchacha!

¡La aplastaré como a una cucaracha!

¡La despellejaré, la haré guisar

y me la comeré para almorzar!".

Llamó a su Cazador al aposento

y le gritó: "¡Cretino, escucha atento!

Vas a llevarte al monte a la Princesa

diciéndole que vais a buscar fresas

y, cuando estéis allí, vas a matarla,

desollarla muy bien, descuartizarla

y, para terminar, traerme al instante

su corazón caliente y palpitante".

El Cazador llevó a la criatura,

mintiéndole vilmente, a la espesura

del Bosque. La Princesa, que se olió

la torta, dijo: "¡Espere! ¿Qué he hecho yo

para que usted me mate, señor mío?

-el brazo y el cuchillo de aquel tío

erizaban el pelo al más pintado-.

¡Déjeme, por favor, no sea pesado!".

El Cazador, que no era mala gente,

se derritió al mirar a la inocente.

"¡Aléjate corriendo de mi vista,

porque, si me lo pienso más, vas lista...!".

La chica ya no estaba -¡qué iba a estar!-

cuando el verdugo terminó de hablar.

Después fue el hombre a ver al carnicero,

pidió que le sacara un buen cordero,

compró media docena de costillas

amén del corazón y, a pies juntillas,

Obdulia tomó aquella casquería

por carne de Princesa. "¡Que mi tía

se muera si he faltado a vuestro encargo,

Señora...! Se hace tarde... Yo me largo...".

"Os creo, Cazador. Marchad tranquilo

-dijo la Reina-. ¡Y ese medio kilo

de chuletilla y ese corazón

los quiero bien tostados al carbón!",

y se los engulló, la muy salvaje,

con un par de vasitos de brebaje.

¿Qué hacía la Princesa, mientras tanto?

Pues auto-stop para curar su espanto.

Volvió a la capital en un boleo

y consiguió muy pronto un buen empleo

de ama de llaves en el domicilio

de siete divertidos hombrecillos.

Habían sido jockeys de carreras

y eran muy majos todos, si no fuera

por un vicio que en sábados y fiestas

les devoraba el coco: ¡las apuestas!

Así, si en los caballos no atinaban

un día, aquella noche no cenaban...

Hasta que una mañana dijo Blanca:

"Tengo una idea, chicos, que no es manca.

Dejad todo el asunto de mi cuenta,

que voy a resolveros vuestra renta,

pero hasta que yo vuelva de un paseo

no quiero que juguéis ni al veo-veo".

Se fue Blanquita aquella misma noche

de nuevo en auto-stop, -y en un buen coche hasta

Palacio y, siendo chica lista,

cruzó los aposentos sin ser vista;

el Rey estaba absorto haciendo cuentas

en el Despacho Real y la sangrienta

Obdulia se encontraba en la cocina

comiendo pan con miel y margarina.

La joven pudo, pues, llegar al fin

hasta el dichoso Espejo Parlanchín,

echárselo en un saco y, de puntillas,

volver sobre sus pasos dos mil millas

-que eso le parecieron, pobrecita-.

"¡Muchachos, aquí traigo una cosita

que todo lo adivina sin error!

¿Queréis probar?". "¡Sí, sí!", dijo el mayor:

"Mira, Espejito, no nos queda un chavo,

así que has de acertar en todo el clavo:

¿quién ganará mañana la tercera?".

"La yegua Rififí será primera",

le contestó el Espejo roncamente...

¡Imaginad la euforia consiguiente!

Blanquita fue aclamada, agasajada,

despachurrada a besos y estrujada.

Luego corrieron todos los Enanos

hasta el local de apuestas más cercano

y no les quedó un mal maravedí

que no fuera a parar a Rififí:

vendieron el Volkswagen, empeñaron

relojes y colchones, se entramparon

con una sucursal de la Gran Banca

para apostarlo todo a su potranca.

Después, en el hipódromo, se vio

que el Espejito no se equivocó,

y ya siempre los sábados y fiestas

ganaron los muchachos sus apuestas.

Blanquita tuvo parte en beneficios

por ser la emperatriz del artificio,

y, en cuanto corrió un poco el calendario,

se hicieron todos superbillonarios

-de donde se deduce que jugar

no es mala cosa... si se va a ganar-.




RIZOS DE ORO Y LOS TRES OSOS


¡Jamás debió ponerse en un estante

una bellaquería semejante!

¿Cómo una madre amante y responsable

puede dejar la historia detestable

de esta malvada niña entre las manos

de unos retoños cándidos y sanos?

Si de mí dependiera, Rizos de Oro

estaría entre rejas como un loro...

Imagínense ustedes qué gracioso

resulta hacer potaje para oso,

café y bollitos con su mermelada

y, con la mesa puesta y preparada,

que diga Papá Oso: "¡Mil cornejas!

¡La sopa está que quema las orejas!

Vamos a darnos un paseo juntos

hasta que este potaje esté en su punto.

Además, caminar un buen ratito

nos abrirá mejor el apetito".

Ninguna ama de casa se opondría

a propuesta de tal sabiduría

-y menos con el genio singular

de un oso cuando es hora de almorzar.

Pues bien, en cuanto dejan la mansión

se cuela Rizos de Oro en el salón

y, cual reptil sinuoso y repelente,

lo curiosea todo soezmente.

Al punto ve el potaje apetitoso

que puso en los tres platos Mamá Oso

y, en menos tiempo del que aquí se cuenta,

sobre ellos se abalanza violenta.

Imagínense, insisto, qué faena,

después de preparar cosa tan buena,

que acabe en el estómago incivil

de alguna delincuente juvenil.

¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor

viene a continuación de lo anterior.

Como mujer de hogar que usted se siente,

ha ido con todo amor, pacientemente,

coleccionando muchos trastos viejos:

un angelote manco, dos espejos,

tres sillas y un armario estilo imperio

comprados en subasta y, lo más serio,

una silla de niño isabelina

que un día heredó usted de su madrina.

Es esa silla orgullo, prez y gloria

de su querida casa y no hay historia

que usted no cuente de ella y se derrita

cuando la enseña ufana a las visitas.

Pues, como iba diciendo, Rizos de Oro

sin el menor recato ni decoro

coloca su trasero gordinflón

sobre la silla histórica en cuestión

y, como no le importa tres pepinos

el mobiliario estilo isabelino,

se carga en un segundo malhadado

de su salón el mueble más preciado.

Cualquier niña diría: "¡Qué desgracia!

¡Merezco un buen castigo por mi audacia!".

Pero no Rizos de Oro que, al contrario,

exhibe su peor vocabulario:

"¡Maldito cachivache!" y otras cosas

que, de tan malsonantes y espantosas,

no puedo ni me atrevo a transcribir

ni creo que se deban imprimir.

Ustedes pensarán que aquí termina

su expedición fatal nuestra heroína...

Pues yo lo siento mucho, amigos míos,

pero no acaba aquí todo este lío.

La miserable quiere echar la siesta,

así que va a mirar dónde se acuesta.

Sube a los dormitorios de los osos,

compara qué edredón es más lanoso,

los prueba del derecho y del revés,

y se echa en el más blando de los tres.

Como sabéis, la gente de provecho

se suele descalzar cuando va al lecho,

pero con Rizos de Oro no hay enmienda

ni se le ocurre cosa que no ofenda.

Podéis imaginaros lo muy guarros

que estaban sus zapatos, cuánto barro

pestífero llevaban en las suelas.

Hasta algo que hizo un perro y, por que huela

tan sólo a tinta el libro, uno se calla...

Y, digo una vez más: ¿Es que no estalla

cualquiera a quien un monstruo dormilón

le ponga hecho una cuadra su edredón?

¿Os dais cuenta cabal de la cadena

de crímenes tramados por la nena?

_Crimen número uno_: la acusada

comete allanamiento de morada.

_Crimen número dos_: el personaje

se queda con tres platos de potaje.

_Crimen número tres_: la muy cochina

destroza una sillita isabelina.

_Crimen número cuatro_: la madama

se limpia los zapatos en la cama...

Un juez no dudaría ni un instante:

"¡Diez años de presidio a esa tunante!".

Pero en la historia, tal como se cuenta,

la miserable escapa tan contenta

mientras los niños gritan, encantados:

"¡Qué bien; Ricitos de Oro se ha

salvado!".

Yo, en cambio, le daría otro final

a un cuento tan infame y criminal:

"¡Papá! -grita el Osito-, estoy furioso.

No tengo sopa". "¡Vaya! -dice el Oso-.

Pues sube al dormitorio: está en la cama,

metida en la barriga de una dama,

así que no tendrás más solución

que dar cuenta del caldo y del tazón".




CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO




Estando una mañana haciendo el bobo

le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,

así que, para echarse algo a la muela,

se fue corriendo a casa de la Abuela.

"¿Puedo pasar, Señora?", preguntó.

La pobre anciana, al verlo, se asustó

pensando: "¡Este me come de un bocado!".

Y, claro, no se había equivocado:

se convirtió la Abuela en alimento

en menos tiempo del que aquí te cuento.

Lo malo es que era flaca y tan huesuda

que al Lobo no le fue de gran ayuda:

"Sigo teniendo un hambre aterradora...

¡Tendré que merendarme otra señora!".

Y, al no encontrar ninguna en la nevera,

gruñó con impaciencia aquella fiera:

"¡Esperaré sentado hasta que vuelva

Caperucita Roja de la Selva!"

-que así llamaba al Bosque la alimaña,

creyéndose en Brasil y no en España-.

Y porque no se viera su fiereza,

se disfrazó de abuela con presteza,

se dio laca en las uñas y en el pelo,

se puso la gran falda gris de vuelo,

zapatos, sombrerito, una chaqueta

y se sentó en espera de la nieta.

Llegó por fin Caperu a mediodía

y dijo: "¿Cómo estás, abuela mía?

Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!".

"Para mejor oírte, que las viejas

somos un poco sordas". "¡Abuelita,

qué ojos tan grandes tienes!". "Claro, hijita,

son las lentillas nuevas que me ha puesto

para que pueda verte Don Ernesto

el oculista", dijo el animal

mirándola con gesto angelical

mientras se le ocurría que la chica

iba a saberle mil veces más rica

que el rancho precedente. De repente

Caperucita dijo: "¡Qué imponente

abrigo de piel llevas este invierno!".

El Lobo, estupefacto, dijo: "¡Un cuerno!

O no sabes el cuento o tú me mientes:

¡Ahora te toca hablarme de _mis dientes_!

¿Me estás tomando el pelo...? Oye, mocosa,

te comeré ahora mismo y a otra cosa".

Pero ella se sentó en un canapé

y se sacó un revólver del corsé,

con calma apuntó bien a la cabeza

y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita

cruzando por el Bosque... ¡Pobrecita!

¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?

Pues nada menos que un sobrepelliz

que a mí me pareció de piel de un lobo

que estuvo una mañana haciendo el bobo.




LOS TRES CERDITOS


El animal mejor que yo recuerdo

es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.

El cerdo es bestia lista, es bestia amable,

es bestia noble, hermosa y agradable.

Mas, como en toda regla hay excepción,

también hay algún cerdo tontorrón.

Dígame usted si no: ¿qué pensaría

si, paseando por el Bosque un día,

topara con un cerdo que trabaja

haciéndose una gran casa... de _paja_?

El Lobo, que esto vio, pensó: "Ese idiota

debe estar fatal de la pelota...

"¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".

"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".

"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento

y aplastaré tu casa en un momento!".

Y por más que rezó la criatura

el lobo destruyó su arquitectura.

"¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.

¡Veo la vida de color jamón!".

Porque de aquel cerdito, al fin y al cabo,

ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.

El Lobo siguió dando su paseo,

pero un rato después gritó: "¿Qué veo?

¡Otro lechón adicto al bricolaje

haciéndose una casa... de _ramaje_!

¡Cerdito, por favor, déjame entrar!".

"¡Ay no, que eres el Lobo, eso ni hablar!".

"¡Pues soplaré con más fuerza que el viento

y aplastaré tu casa en un momento!".

Farfulló el Lobo: "¡Ya verás, lechón!",

y se lanzó a soplar como un tifón.

El cerdo gritó: "¡No hace tanto rato

que te has desayunado! Hagamos un trato...".

El Lobo dijo: "¡Harás lo que yo diga!".

Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.

"No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,

pero aún no estoy del todo satisfecho

-se dijo el Lobo-. No me importaría

comerme otro cochino a mediodía".

De modo que, con paso subrepticio,

la fiera se acercó hasta otro edificio

en cuyo comedor otro marrano

trataba de ocultarse del villano.

La diferencia estaba en que el tercero,

de los tres era el menos majadero

y que, por si las moscas, el muy pillo

se había hecho la casa... ¡de _ladrillo_!

"¡Conmigo no podrás!", exclamó el cerdo.

"¡Tú debes de pensar que yo soy lerdo!

-le dijo el Lobo-. ¡No habrá quien impida

que tumbe de un soplido tu guarida!".

"Nunca podrá soplar lo suficiente

para arruinar mansión tan resistente",

le contestó el cochino con razón,

pues resistió la casa el ventarrón.

"Si no la puedo hacer volar soplando,

la volaré con pólvora... y andando",

dijo la bestia, y el lechón sagaz

que aquello oyó, chilló: "¡Serás capaz!"

y, lleno de zozobra y de congoja,

un número marcó: "¿Familia Roja?".

"¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.

¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella

como acostumbro, ¿y tú?". "Caperu, escucha.

Ven aquí en cuanto salgas de la ducha".

"¿Qué pasa?", preguntó Caperucita.

"Que el Lobo quiere darme dinamita,

y como tú de Lobos sabes mucho,

quizá puedas dejarle sin cartuchos".

"¡Querido marranín, porquete guapo!

Estaba proyectando irme de trapos,

así que, aunque me da cierta pereza,

iré en cuanto me seque la cabeza".

Poco después Caperu atravesaba

el Bosque de este cuento. El Lobo estaba

en medio del camino, con los dientes

brillando cual puñales relucientes,

los ojos como brasas encendidas,

todo él lleno de impulsos homicidas.

Pero Caperucita, -ahora de pievolvió

a sacarse el arma del corsé

y alcanzó al Lobo en punto tan vital

que la lesión le resultó fatal.

El cerdo, que observaba ojo avizor,

gritó: "¡Caperucita es la mejor!".

¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue

fiarte de la chica del corsé.

Porque Caperu luce últimamente

no sólo dos pellizas imponentes

de Lobo, sino un maletín de mano

hecho con la mejor... ¡_piel de marrano_!

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