jueves, 15 de octubre de 2015

"La muchacha a la que le dolía la belleza" de Miguel Sánchez Robles

"La muchacha a la que le dolía la belleza" de Miguel Sánchez Robles

Locución: Manuel López Castilleja


















Hay dos clases de muerte: la muerte de los que se van y la muerte de los que se quedan. Elena María Débora nos enseñó eso muy pronto, demasiado pronto, y nos hizo viejos y culpables a todos. 


Elena María Débora repetía por tercera vez bachillerato logse. Era una muchacha sincera, desvalida e imperdonablemente guapa a la que se le amontonaban las palabras al preguntar en clase. La bautizaron así, con ese nombre múltiple y rimbombante, porque sus padres eran estetas y aburridamente perfectos, pero nosotros primero la llamamos Ojitos, después Culo Bonito y finalmente Absurdita. Sus padres hacían yoga, tenían impermeables ocres y trabajos importantes, creían en la redención por el Arte, viajaban mucho a Italia y Nueva York y criticaban "Salsa Rosa" para darle un poco más de sentido a sus vidas. Sin embargo, ella era triste, turbia, complicada, rara, diferente, un poco mística o demasiado mística, como le decía a su esposa, para que lo cacareara después en la carnicería del barrio, el psicólogo al que la llevaban los martes por la tarde. Para nosotros era la muchacha de los calcetines lilas y de los ojos alucinados, unos preciosos ojos verdes que eran todos los ojos y miraban el mundo con mucha compasión o con mucho dolor de la belleza. 


Día siete mil doscientos de mi vida:. La belleza es verdad sólo si duele 

"Buenos días, tristeza, regalo envenenado de mi vida. Me aburro en estas aulas que huelen siempre a flor que ya está muerta y anoto estas palabras en mi Bloc de Escribir Cosas que me Dicen que Existo, mientras la profesora de Lengua nos mete análisis sintáctico por un tubo y lo dice así mismo: por un tubo. Querida tristeza: Una vez deseé sentarme delante de Dios para preguntarle: "¿Por qué existimos los tristes? ¿Qué buscaste o perseguiste al hacer a los tristes y a los trastornados de verdad y al miserable con diarrea que se apuñala un muslo? Yo creo que Dios tenía objetivos cuando creó a esa clase de seres o que la Naturaleza tenía objetivos cuando creó a esa clase de seres o que La Vida tenía objetivos cuando creo a esa clase de seres. y creo que uno de esos objetivos es el de crear belleza entre lo igual, entre lo efímero y lo inútil. Belleza de esa clase de belleza que puede llegar a 


tener la lepra que se injerta en la corola de una amapola o una rosa. A veces los raros no son ni eso: raros. Ni los trastornados, trastornados. Pero la Humanidad tiene esa cosa grave de los tristes, ese dolor de la belleza. Si los extraterrestres existieran, no tendrían tristes. Yo creo que el Universo no admite la tristeza. Ni las estrellas ni las auroras boreales ni las galaxias ni el polvo cósmico admiten o tienen la tristeza. Yo creo que los tristes somos sólo de aquí, de este aquí que es un único aquí, el triste aquí, el bello aquí, el pasajero aqui. La tristeza no saldrá nunca del planeta la Tierra. No la podremos exportar ni en cohetes de la Nasa. Por eso voy a misa de siete algunas tardes, sola, tratando de que Dios me explique algo". 


Elena María Débora era pálida y vestía muy bien. Llevaba siempre pantalones de franela, calcetines lila, chaquetas de cheviot y jerséis verdes y negros muy ceñidos sobre los cuales se le notaban exquisitamente las clavículas. Tenía un hermoso cabello oscuro que se recogía en la nuca todas las mañanas durante veinte minutos y se sentía así: con la alegría sin suerte de un mendigo borracho, como una perra estúpida a la que se puede abandonar en cualquier sitio y con la alegría sin suerte de un mendigo borracho, ambas cosas revueltas y a la vez. Eso dijo Megan, su única y mejor amiga, a la que después de su muerte todos le preguntamos por ella en los pasillos. Dijo: "Suspender, no ir a la universidad, no comprender los polinomios, no forjarse un futuro, todo eso no le importaba a Ojitos, lo que sí le importaba era sentirse demasiadas veces así: como un animal triste que no tiene cabida, como un perro callejero en estado de máxima pureza al que nadie entiende, un mamífero sucio y perezoso al que no le gusta lo que le tiene que gustar". 


Día siete mil doscientos nueve de mi vida. "Señor, ten piedad. Cristo ten piedad" "Me gusta cuando son las siete de la tarde y ya casi es de muy de noche y
estamos dentro de la iglesia unos pocos, y hace frío en la calle y algunas mujeres con abrigo muy largo se arrodillan y se persignan muy bien. Me encanta entrar y meter los dedos ahí, en la pila del agua, y hacer esa cosa como de arrodillarnos en el aire con una sola pierna un poquito mirando hacia la Virgen que pisa una serpiente arriba del altar. Y luego llega el sacerdote negro vestido con ese paño verde que le cubre los hombros y, antes de nada, lo primero que hace, es besar el altar, entonces nos mira 


sonriendo, como alegrándose de que unas pocas personas estemos allí y dice: "Misa de primer viernes de Cuaresma ". y, mientras, yo me doy cuenta de que todo en la iglesia es suave y limpio. Me Jijo en todo. Lo miro todo. Las flores de plástico delicadamente puestas en los jarrones de color plata. Esas velas gordisimas que están ardiendo siempre para nadie. Los dos ángeles preciosos que sostienen en los quicios unas lámparas atadas a un cordón granate. Las paredes del fondo con sus brillos dorados y los relámpagos pintados en ella. El suelo de mármol. Las palabras del sacerdote negro 
que suenan con eco como una cosa que flipa y me entusiasma. El rojo de los reclinatorios que tiene el resplandor de la sangre que hierve en las películas hardcore. En un redondel de madera que está colgado en la pared de la derecha un romano golpea con un mazo clavos en los empeines del Crucificado, también casi como en las peliculas hardcore. y me Jijo en el que lee la carta a los gálatas y tiene cara de persona que se durmió a los veinte años y revivió a los cincuenta y tantos, y también tiene cara de pensar en secreto, como piensan Arón y mis compañeros de clase de este curso, que el mundo actual es un lugar siniestro que afortunadamente está llegando a un punto de colapso o algo así. Veo todas esas cosas y me alegro mucho de estar allí metida. Y me viene un sentimiento de tranquilidad y me doy cuenta de que los hippies y los punkis y los emo y los heavy y todos los demás, buscamos la felicidad en los lugares equivocados o de que no sabemos buscar la felicidad o de que la felicidad no hay que buscarla. y me digo a mí misma, en voz baja, a manera de propósito de enmienda, como si estuviese rezando o sabiendo responder a las palabras que se leen en misa: "Vaya vivir mejor. Vaya saber estar bien en el mundo ". Entonces me alegro mucho de haber venido a misa, de no haberme quedado en casa sentada en el sofá viendo un documental sobre las focas y me doy cuenta de lo bella que es la liturgia, ¿Se llama así: Liturgia? Y el sacerdote lee de un libro con las pastas muy rojas. Dice "Si lo das todo menos la vida, has de saber que no diste nada ". Dice: "Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad". Dice las cosas, pronuncia las palabras, como queriendo transmitirnos que de verdad la vida es algo más que las cadenas de ácido desoxirribonucleico que nos explica en la pizarra mi profesor de Ciencias Naturales. Entonces una mujer a mi lado a lo mejor responde: "Señor yo no soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme ''. Y me acuerdo de que Dios está en todas partes y de cuando me tenía que aprender cosas del catecismo y de rezar el "Angel de la 


Guarda" todas las noches antes de acostarme cuando era muy pequeña. Y también recuerdo haber oído en una película: "Dios es todo. Dios es la tristeza, tu profesor, esos perros, ... " 


En su habitación de niña rica con calcetines lilas y chaquetas de cheviot sonaba el despertador o le avisaba la sirvienta y Elena María Débora tenía que levantarse a las siete como un estúpido pollito amarillo para ir al instituto y, a las ocho de la mañana, iba por la calle, como íbamos todos, con sus nueve kilos de libros y cuadernos a la espalda, mirando los gorriones volar y preguntándose a lo mejor: ¿Por qué son tan libres los pájaros y yo tengo que ir al instituto? Entonces nos daban ganas de fugarnos las clases para entrar a Mercadona a robar porciones de queso azul danés y comérnoslas allí mismo o irnos al parque para tirarle piedras a las palomas o beber en ayunas litros de cerveza. Pero éramos obedientes animalicos fieles y nos íbamos al instituto, nos sentábamos en el pupitre de la cuarta fila o de la última fila y nos aburríamos mientras que el profesor de Matemáticas nos explicaba las matrices de Raven. Entonces, toda la clase, si mirábamos a Ojitos, notábamos en ella esa tristeza presentida de animales que un día serán cazados, y sabíamos perfectamente que en vez de tomar apuntes, ella escribía cosas en su libreta azulo dibujaba despacio payasos pensativos con los labios muy rojos, payasos aburridos como ella o nosotros. 




Día siete mil doscientos veinte de mi vida: Objetivo de perro come perro 

"Para mí la vida es como una verdad que consiste sólo en algo que nos quieren hacer creer. El instituto es como una verdad que consiste en algo que nos quieren hacer creer. Los libros son como una verdad que consiste en algo que nos quieren hacer creer. El psicólogo de los martes consiste en algo que es como una verdad que nos quieren hacer creer. El Universo mismo es como una verdad que nos quieren hacer creer y estar viva es cumplir un objetivo de perro come perro. El profesor de Ciencias Naturales nos pone de actividad explicar los glaciares, pero a mí me gustaría que me pidiesen explicar qué es un objetivo de perro come perro. Entonces respondería: "Hemos venido aquí donde somos mortales y a veces si no eres CÍnica no puedes sobrevivir en esta sociedad hipócrita en la que la gente quiere cosas tan simples como 


éxito y libertad para tener mucho dinero, la gente no quiere esa pena desnuda del dolor en nosotros, la gente miente, mastica, devora, sobrevive, escupe, se convierte en súbdita de una cosa general, la gente se viste de baturro, transita por las calles, compra la mismas cosas, porque estamos metidos en un mecanismo de idioteces perro come perro. Cuando me aburro mucho en clase, escribo en mi libreta palabras que no deberían existir. Escribo: El mejor, el peor, nunca, siempre .. O cuando el profesor de Sociales explica lo llana que es Holanda, me acuerdo de mi abuela muerta hace tres meses y de cómo la vi por última vez tras un cristal muy limpio en el Tanatorio de MAFRE con extraños algodones blancos metidos en las narices, vestida para siempre con un traje de chaqueta gris oscuro y con las manos cruzadas con dulzura de momia sobre su pecho de abuela corpore in sepulto. También sé que a los profesores les gusta mucho ver a los alumnos callados y atentos, hipnotizados para la obediencia, cuanto más hipnotizados para la obediencia mejor, y algunas veces me dan pena y atiendo como hipnotizada a las palabras del profesor que explica que Amsterdam tiene más de mil puentes mientras juego a tratar de imaginarlo ciego, tengo obsesión con los ciegos 
y con los ojos de los ciegos, y sobre todo con los ciegos que mastican chicle en las esquinas mientras tratan de vender todos esos cupones que tienen que vender forzosamente, tal vez porque no me gustaría por nada en el mundo quedarme ciega desde una vez que soñé que me ocurría eso. Desde entonces me fijo mucho en cómo los ciegos caminan siempre muy cerca de la pared y juego a imaginarme a los profesores ciegos mientras hablan de Holanda o Inglaterra". 


Un día, Elena María Débora llegó al instituto con unas hermosas mallas negras muy ajustadas. Descubrimos entonces algo que ocultaban sus planchados y cotidianos pantalones de franela: la silueta perfecta de sus piernas y nalgas, la volumetría sublime con que se le ajustaban a su carne inalcanzable y núbil. Ese día supimos como nunca en qué consistía de verdad la auténtica belleza y el dolor de no poder poseerla. Y, como intentando reparar o estropear algo para siempre, Jeaanfransuá, el hijo de un funcionario de la embajada belga que no comprendía bien aún nuestro idioma, Jeanfransuá un chico vago y sobrealimentado que sabía decir muy bien diecisiete mil y décimo sexto en nuestro idioma, pero no otras palabras más complejas, comenzó a llamarla Culo Bonito. Ese mismo día el profesor de Religión, al iniciar la clase, nos 


habló a todos como si supiera algo nuevo de Dios, como si fuese a decir algo distinto a lo que pone en la Biblia y en los catecismos, y estuvimos especialmente atentos y expectantes, pero cuando llevaba quince minutos hablando todos nos dimos cuenta de que no había nada nuevo. Entonces, Culo Bonito, levantó la mano para pedir la palabra y dijo: "Es precioso en las películas cuando los hijos discuten con papá sobre cómo debe ser el mundo, sin embargo yo no he discutido con nadie sobre cómo debe ser el mundo. ¿Cómo cree usted que debe ser el mundo?". Por supuesto, el profesor no le respondió y todos la miramos con compasión y como a una perra o un ángel enfermos de tristeza a los que se puede abandonar en cualquier sitio. 


Día siete mil doscientos treinta y cinco de mi vida: ¡¿Ah, sí?! "Querida tristeza: La mayoría de las personas tienen el récord guiness de la 
vaciedad al hablar. Mis padres y la gente mayor que conozco dicen: ¿ ah, sí?, y dicen nada más que ¿ ah, sí?, cuando les cuentas algo que sea complicado o distinto. Los padres en general no creen en las cosas complicadas ni en que a una niña con acné le puedan gustar mucho los cuadros de Caravaggio y esté enamorada un poco de su profesor de Ética o de Sociales. Cuando los profesores hablan en línea recta me da asco. Don David Cea, ese profesor calvo que elogia los dúplex y nos da las cosas masticaicas, es el que más en línea recta habla. Casi todos los profesores hablan del mismo modo y dicen lo mismo, una cosa que ya es triste y antigua, a lo mejor hace tiempo no lo fue, pero ya es triste y antigua. Sobre todo hay un puñado de profesoras de Literatura, Religión y Biología que son casi como la misma profesora, y aunque sean materias distintas son casi las mismas cosas lo que en el fondo vienen a decir. Una vez leí que Bukowski veía a Hemingway como un individuo que practicaba ballet a escondidas, yo también veo un poco así a todos mis profesores y a mis padres, no puedo evitarlo, les veo así y creo que muchos muchachos son rebeldes porque les ven también de esa manera. Cuando es domingo por la mañana, como hoy, me asomo a la ventana y se ven perros y ancianos que están tomando el sol y muchachos pequeños que juegan con patine tes y con aros. Uno de esos ancianos siempre se cuenta los dedos de la mano. Se los pone muy cerca de los ojos y se los va contando uno por uno sin prisa, muy despacio. A mí también me gusta contármelos así. El otro día, buscando al Jefe de Estudios para darle un papel que me ha dado mi médico del alma al que llevan 


los martes, abrí la puerta de esa habitación del instituto en la que hay dos niños con síndrome de Down sentados alrededor de una estufa con un profesor despeinado que tiene cara de que le huela muy mal el aliento, y me dio tristeza como cuando llueve los sábados o le miro las arrugas de alrededor de la boca a mi madre, y entonces me acordé de cuando el profesor de Historia nos habló del existencialismo que tenían los maestros de escuela republicanos, de todo eso me acordé de golpe. Los profesores saben cosas que han leído, pero no lo que realmente pasa en el mundo y ni siquiera se imaginan para qué nos ha inventado Dios". 


Elena María Débora pasaba mucho de nosotros. Como repetía curso y era mayor de edad, nos miraba con un total desinterés perfecto. No parecía importarle saber que la llamábamos Ojitos o Culo Bonito. No parecía enterarse de nada. No parecía importarle que existiésemos. No parecía importarle que el Fran escupiera al bies y echara chorros de saliva en las pizarras durante los cambios de clase. No parecía importarle la profesora de Lengua que era una anciana prematura de pelo caoba que se había perdido en la vida y se pasaba las horas enteras de clase dictando apuntes sobre Alvargonzález o Don Juan Manuel o escribiendo con tiza en la pizarra la definición de Parnasianismo y después leyendo un poema parnasianista que ningún alumno entendíamos. Una vez, después de la lectura de uno de esos poemas cursis e ininteligibles, levantó la mano y dijo: "Señorita, cuando yo era pequeña creía que las poesías venían del cielo". Y toda la clase nos reímos muchísimo, pero no le importó o no pareció importarle y debió volver a sentirse muy sola y rara o decepcionada de nosotros, todos nosotros. 


Día siete mil doscientos cuarenta y ocho de mi vida: Dragones, decepción 

"A veces me siento sola y distinta y muy decepcionada de todo lo que me rodea. Tan decepcionada como mi hermano pequeño cuando juega siempre solo en el jardín y le pregunto: "¿A qué juegas?", y siempre está jugando a cazar dragones a los que le pone trampas que consisten en papel albal con tomate y jamón de york encima, y nunca ha cazado ninguno, y entonces le pregunto: "¿Qué vas a hacer cuando caces alguno?", 
y él se encoge de hombros, no responde nada y me mira con ojos de desengañado. " 


Un día de febrero la profesora de Plástica, una mujer rubia y moderna a la que le duraba mucho el carmín en los labios y se ponía pañuelos palestinos abiertos sobre los hombros, organizó un carnaval. Elena María Débora se presentó vestida de espermatozoide gigante y no supo qué hacer ni cómo comportarse para la ocasión. Ese día no supimos qué pensar ni qué decir de ella apoyada con esa pinta de espermatozoide malgastado o algo así en el último rincón del aula de Dibujo, aburrida y patética, como fuera del mundo. Ese día estuvo más triste y desubicada que nunca. Ese día comenzó a no encajar muy bien en todo aquello y a partir de entonces se volvió un poco más corrosiva y rebelde. 


Día siete mil doscientos cincuenta y tres de mi vida: Made in tristeza 

"...No hay suficiente de nada mientras vivimos y yo suelo siempre pensar mucho en cosas amigas de la melancolía que la Medicina llama pequeñas obsesiones patológicas, porque tengo una soledad asumida y movimientos sísmicos en mi alma que el psicólogo llama trastorno bipolar, porque a mí no me importa lo que me tiene que importar y no me gusta jugar, ni ver la tele, ni aprenderme lo llana que es Holanda, y tampoco me gusta el "raogut" de ternera que Elisa, la sirvienta peruana, ha cocinado hoy. En casa, hoy, comiendo, mi madre me ha gritado un poco para que me termine mi plato. Mi padre está en Bruselas. Elisa me ha pelado una naranja. Mi hermano ha pedido más zumo. Ha habido un atentado y en la televisión hemos visto a una locutora bellísima decir: sentimiento de máxima consternación, y yo he notado que esas palabras son poco, que la locutora quería decir otra cosa, me gustaría que hubiese otras palabras que dijesen algo más, pero no las hay, y he sentido que no hay suficiente de nada mientras vivimos y que a veces se rompen o se quiebran mis ganas cada día de vivir un día más ". 


Algún tiempo después, en la semana cultural de nuestro instituto, todos los alumnos de bachillerato asistimos en el salón de actos múltiples a una conferencia. El conferenciante era ... "uno de esos catedráticos profesionales del habla que han hecho de la Historia una cosa estancada y muerta para ejercicios de retórica y palabrería, uno de esos intelectuales rancios que todavía fingen importarles cosas como la duda de si La Regenta llegó o no llegó a consumar con don Fermín de Pas o cómo Senaquerib mandó 


edificar Nínive u Odoacro asoló el imperio Romano de Occidente, uno de esos catedráticos que viven de afirmar conclusiones que pueden deducirse de ciertas curvaturas de los cráneos. Puso diapositivas. Sentí piedad por él, por cómo trataba de contar esas cosas que luego no le importan a nadie. Sentí piedad también por toda esta costumbre de la hipervelocidad de mierda que estamos viviendo, por la pérdida de una brújula moral, por esa ansiedad de cosa para nadie que está invadiéndolo todo y porque la cultura y la educación parezcan estar hechas por gestos de un viejo oficio que todavía debemos soportar. También sentí piedad por mí. Lo veía hablar y le notaba como un riesgo genético de muerte súbita, y me acordé de unos versos de Gonzalo Rojas que sé de memoria, que muchas veces, sin querer, cuando escucho a gente muy importante hablando en el nombre de toda la Humanidad sensible y civilizada, los recito en voz baja: "Lo prostituyen todo/ con su ánimo gastado en circunloquios.! Lo explican todo. Monologan/ como máquinas llenas de aceite.! Lo manchan todo con su baba metafisica.! Yo los quisiera ver en los mares del sur/ una noche de viento real, con la cabeza vaciada en el frío,! oliendo la soledad del mundo,! sin luna,! sin explicación posible,! fumando en el terror del desamparo". Me hubiese gustado haberle preguntado: "Señor catedrático, ¿qué cree usted que es peor: ser cruel o ser estándar?". Pero pregunté otra cosa ..." ...al final de la conferencia Elena María Débora levantó la mano como siempre para intervenir y preguntó: "¿Qué hacen esos ángeles de piedra en las agujas góticas de las catedrales donde nadie puede verlos? Me parece absurdo". El conferenciante miró a izquierda ya derecha y dijo: "Bueno, ahí están". Y se echó a reír. Todos nos pusimos a reír estrepitosamente. Una risa convulsa y monstruosa. Una risa estúpida e hiriente en cuyos intervalos podía escucharse: "[Absurdita, Absurdita! Ha preguntado Absurdita. Siempre pregunta Absurdita". 


Día siete mil doscientos sesenta y cuatro de mi vida: Vomitando agua de lluvia 

"Querida tristeza, me cuesta mucho estar viva. Cada día más. Cada vez me siento más sola y más estúpida. Para sobrevivir necesito escribir en este bloc cosas que me ayudan a soportarlo todo: Diez minutos para recogerme los cabellos sobre la nuca. Sabores de proteínas en polvo. El viento de las calles en marzo o en abril. La hostia blanca que se deshace en la boca. La alegría de cuando yo era pequeña y jugaba descalza. Un angioma bonito en mi pómulo izquierdo. Los niños en la comunión 


cuando los visten con chaqueta azul marina cruzada y escapulario del NUlo Jesús de Praga. Cuando me pregunto a mí misma enfrente del espejo: "¿Sólo existe lo que ocurre?". Inventar una flor o ser un niño que se ha escapado de misa para tirarle piedras a las palomas. Disfrutar muchos ocho de agosto y vomitar agua de lluvia, debe ser bonito vomitar agua de lluvia o leer un cuento ruso y lleno de rabia en el que poder quedarme a vivir. Tuya siempre: Absurdita. " 


Elena María Débora se quitó la vida tres días después de este apunte en su bloc de escribir pensamientos que te dicen que existes y que ahora, once años después, han colgado en la página web del instituto a iniciativa de sus padres que no sabían muy bien qué hacer con él en casa. Elena María Débora terminó con su vida una mañana lluviosa de domingo encerrada en su cuarto de baño y cortándose las venas con el cutter de Plástica en la bañera llena de agua caliente para sangrar mejor, para sangrar mejor. Nos enteramos porque el director entró a clase a decírnoslo al día siguiente. Todos fuimos a su entierro. Todos pagamos parte de sus coronas de flores. Todos supimos, desde aquel día y para siempre, que es verdad que hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia o algo así y que hay dos clases de muerte: la muerte de los que se van y la muerte de los que nos quedamos. Desde ese día, todos fuimos más viejos para siempre. Pero Dios es azul y lame nuestra angustia, esta alegre amargura de vivir un día más que tenemos aquellos que la quisimos tanto y no supimos nunca hacérselo saber. 

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