jueves, 9 de julio de 2015

"No pretendas saber" de Carlos Sánchez Rodríguez


"No pretendas saber" de Carlos Sánchez Rodríguez.

Locución: Manuel López Castilleja








Relato ganador del IV Certamen internacional de narraciones breves Fernando Belmonte organizado por el IES Dolmen de Soto de Trigueros (Huelva)








Mientras miraba atentamente el sobre sin decidirse a leer su contenido, alargó el brazo para alcanzar la copa de coñac abarcándola por su base y al le-vantarla comprobó que le temblaba el pulso. Era el primer síntoma de hasta qué punto le dominaba la angustia. Tenía las palmas de las manos húmedas y se había empañado el cristal de la copa. 
Desde hacía horas, llevaba esperando y temiendo ese sobre con el logotipo del Hospital de la Cruz Roja, como una muda amenaza. Había sentido el roce cuando lo introdujeron por debajo de la puerta. Lo recogió y se preparó para abrirlo. Despejó la mesa de libros y papeles y, como para solemnizar el momento o más bien para fortalecerse frente al pánico, se sirvió un coñac. Y le daba vueltas a aquel sobre bajo el que, mirándolo al trasluz, se trasparentaba un texto, ilegible, de tan sólo cuatro líneas, no más, pero que acaso contenía la palabra fatídica, ésa que podía sonar como un trallazo y contener la sentencia inapelable. De aquel papel dependía su futuro, su vida. Quería y no quería leerlo. Y si aquella pala¬bra temible figuraba en el texto, ¿qué plazo, qué alcance tendría la sentencia? Se acercó la copa a los labios, pero no bebió; sentía el golpear de sus palpitaciones. Los casos recientes de amigos y conocidos quiso apartarlos de su recuerdo. Todo se le agolpaba en su mente de forma caótica e incontrolada. Llamaría a Teresa, se lo diría fingiendo naturalidad, restándole importancia. "Se me quebrará la voz —pensó—. Y luego ¿qué? No me siento con fuerzas para iniciar un viacrucis por especialistas, clínicas, pruebas, pronósticos... Quizá la medicina alternativa, acaso los curanderos... qué sé yo, los adivinos, los videntes. ¿Qué plazo tendré de vida?" Y de pronto se sorprendió diciendo: Nec BabyIonios temptaris números (Ni consul¬tes los números babilónicos). Sabe Dios de dónde surgieron aquellas palabras, en qué pliegue de su memoria estaban alojadas. Y como si contuvieran un sortilegio o una clave oculta que abriera todo un mundo de recuerdos sumergidos, se sintió de pronto en otro lugar... en otro tiempo. 
Un pupitre alto, negro, en el que se superponían manchas de tinta seca al¬rededor de un pequeño hueco circular donde se alojaba el tintero, un pupitre con nombres y fechas marcados a cortaplumas, con la madera a veces astillada, peguntosa y mordiente por los bordes, donde las mangas del guardapolvos se quedaban desagra¬dablemente apegostadas por las capas de barniz reblandecido con el calor de junio. 
"Ni consultes los números babilónicos". Esas palabras arrastraban adherencias evocadoras de olores, de ruidos, de luces, en medio de la templanza que penetraba por los balcones abiertos de par en par sobre el patio. En los cristales de la sala de estudio ardía ya el arrebato anaranjado de cada atardecer. Y, a medida que iba anocheciendo, en la calle del barrio de pescadores se dejaba oír a intervalos la voz aguardentosa del que pregonaba los cupones y se acrecentaba el olor a fritanga, y crecía el ritmo de las palmas que acompasaba una retahíla continua de sevillanas que no cesaban hasta bien entrada la madrugada. 
Cogía el sobre, lo miraba por ambos lados y volvía a colocarlo junto a la copa. Nunca hubiera creído que le aturdiera tanto una situación así. Todos hemos de enfrentarnos a un final, pero sentirse "emplazado", vivir cada atardecer, cada hora, cada instante como una pérdida irreparable debe de ser un suplicio. Bebió un sorbo. ¿Mejor saber o ignorar? ¿Acaso serviría de algo destruir el sobre, es decir, matar una vez más al mensajero? ¿Tendría en la agenda el móvil de Teresa? ¿Dón¬de hallar un refugio, un asidero, dónde?, ¿en el supuesto aplomo de los estoicos?, ¿en las ensoñaciones cósmicas de los orientales? Mejor "sacar pecho" manteniendo el tipo, por favor, dígame sin rodeos cuánto tiempo me queda. O reconocer sin disimulos ni autoengaños que me neutraliza el pánico, incapaz de leer esas cuatro líneas contenidas en el sobre. 
"Ni consultes los números babilónicos". ¿De qué repliegues de la memoria lle¬gaba aquel verso cuyas palabras iban tirando de otras que emergían sin resistencia hasta recomponer lo que dormía en el más completo olvido, como un rescoldo conservado bajo las cenizas? Y súbitamente, como una revelación: 
No pretendas saber, pues no está permitido, el fin que a ti y a mí, Leucónoe, nos tienen asignado los dioses. 
¿Quién sería esa Leucónoe que en su apuro desesperado acudía a las cábalas de Oriente? ¿Qué mal era el suyo? ¿Qué plazo tuvo de vida? 
La memoria le iba devolviendo, por entregas, palabras sueltas, pero dotadas de un imán que atraía a otras, hasta que de golpe rescataba un verso, una frase completa. Aquel ejercicio enojoso —¿inútil?— de memorizar a sus dieciséis años poemas latinos había ido acumulando en algún rincón de la memoria un sedi¬mento de versos naufragados, como esas ánforas o esos tesoros que duermen en el fondo submarino; y ahora, precisamente ahora, como una respuesta ajustada a la situación, afloraban con toda una corte de evocaciones adheridas. Y los versos iban ayudándose, encajándose unos en otros. Todo ese proceso mental ocurría mientras miraba con terror el membrete de la Cruz Roja en aquel sobre cuyo contenido no se atrevía a leer. ¡Otro verso íntegro rescatado del olvido!: "Dum loquimur fugerit invida actas;" (Mientras hablamos huye el tiempo envidioso). 
¡Sorprendente la justeza con que esas palabras expresaban sus sentimientos! Porque a partir de ahora, el correr del tiempo sería para él como un irse desangran¬do, palideciendo, un fluir indetenible y progresivamente acelerado... hasta el final. 
Y otra cosa era cierta. También desde este momento, ya nada sería lo mismo. Fuera cual fuese el sentido del párrafo que se traslucía bajo el sobre, había que recoger velas y recortar proyectos. El tiempo se le antojó como un capital menguado que de¬bía administrar con rigor. En el fondo, daba ya igual el contenido del sobre. En cual¬quier caso, la realidad era la misma y la lección aprendida no tenía vuelta de hoja. 
No seas loca, filtra los vinos 
y adapta al breve espacio de tu vida 
una esperanza larga, 
Sin necesidad de leer los resultados del análisis histopatológico, aquel sobre contenía la prueba más evidente de la fragilidad humana. El ritmo de los versos denunciaba ciertos vacíos, ciertas lagunas, hasta que la memoria, sin forzarla, de¬volvió de golpe a la superficie esta frase: 
Mejor será aceptar lo que venga, 
ya sean muchos los inviernos que Júpiter 
te conceda, o sea éste el último, 
éste que ahora hace que el mar Tirreno 
rompa contra los opuestos cantiles. 
Y evocó con particular emoción su forcejeo con el diccionario (aquel ma¬motreto de Raimundo de Miguel) para ir recomponiendo la frase a partir de sustantivos aparentemente inconexos, como si fueran elementos de un rompeca¬bezas, hasta que de pronto se hacía la luz, se esclarecía todo y los versos brillaban con especial fulgor, como el que ahora, en este preciso instante —quién lo hubiera imaginado— adquiría para él un sentido esencial: "ya sean muchos los inviernos que Júpiter I te conceda, o sea éste el último". 
Quién diría que aquel texto traducido con la torpeza escolar de aquellos años adolescentes y aprendido de memoria en una tarde de tedio infinito —Seu pluris hiemes seu tribuit luppiter ultimam— aquel texto algún día le iba a provocar una conmoción tan profunda. 
¿Resistiría algún invierno más, malviviría como ese abrigo al que se le vuel¬ven la solapa y los puños para que aguante otra temporada? Imaginó el mar hirviente rompiendo contra el acantilado. Luego pensó en la playa: la mañana toda, cielo y mar, azul. Sólo el borde blanco de espuma en las olas escalonadas que ruedan sobre la arena y unas nubes desflecadas que subrayan en su fuga lo cónca¬vo del cielo. Inútil proponerse ya metas o acariciar dorados proyectos. Miró una vez más a contraluz el sobre que transparentaba el breve escrito; favorable o no, allí estaba el veredicto. Quizá ni lo leyera. Se echó hacia atrás en el sillón, cerró los ojos y le fue inundando una tranquilidad insospechada. Interiormente apre¬ciaba como nunca el valor de lo más simple, de las cosas elementales: la luz de la mañana, el mar, el sol. El sol, sobre todo. Y le pareció sentir sobre los párpados cerrados, como una caricia, una cálida luminosidad anaranjada. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario