lunes, 23 de febrero de 2015

"La máquina voladora" de Ray Bradbury

En la antigua china el Emperador Yuan se ve enfrentado a una situación increíble, uno de sus súbditos le informa que un hombre se encuentra volando en las proximidades. El Emperador atónito e incrédulo no acepta tal historia e invita al campesino a que se relaje y lo acompañe a tomar el té. 
El desenlace nos indica hasta dónde los allegados al poder absoluto pierden la perspectiva del progreso y el desarrollo con tal de seguir contando con sus granjerías y privilegios.









LA  MÁQUINA  VOLADORA

Versión: Sergio Núñez Guzmán

En el año 400 de la era cristiana, el emperador Yuan reinaba junto a la Gran Muralla China. La tierra estaba verde, gracias a la lluvia, y se aprontaba en paz para la cosecha. El pueblo que vivía en sus dominios no era demasiado feliz ni demasiado desgraciado. Por la mañana temprano, el primer día de la primera semana del segundo mes del nuevo año, el emperador Yuan estaba bebiendo té y abanicándose, a causa de la tibia brisa, cuando un sirviente corrió por los pisos de mosaico azul y escarlata gritando:
-Oh, emperador, emperador, ¡un milagro!
-Sí -dijo el emperador-. El aire es suave esta mañana.
-No, no, ¡un milagro! -dijo el sirviente, inclinándose rápidamente.
-Y este té sabe bien en mi boca. Ciertamente eso es un milagro.
-No, no, excelencia.
-Déjame adivinar, entonces. El sol ha salido y ha llegado un nuevo día. O el mar está azul. Ese, por cierto, es el mejor de los milagros.
-Excelencia, ¡hay un hombre volando!
-¿Qué?
El emperador detuvo su abanico.
-Lo vi en el aire, un hombre volando, con alas. Oí una voz que gritaba en el cielo, y cuando miré hacia arriba estaba allí, un dragón en el cielo, con un hombre en la boca, un dragón de papel y bambú, del color del sol y la hierba.
-Es temprano -dijo el emperador-. Acabas de despertar de un sueño.
-Es temprano, ¡pero he visto lo que he visto! ¡Venid, y  vos también lo veréis!
-Siéntate aquí, conmigo -dijo el emperador-. Bebe un poco de té. Debe ser muy extraño, si es verdad, ver a un hombre volando. Debes tomarte algo de tiempo para pensar en ello, tal como yo debo tener tiempo para prepararme a contemplarlo.
Bebieron té.
-Por favor -dijo por último el sirviente-. Se marchará.
El emperador se puso de pie, pensativo.
-Ahora puedes enseñarme lo que has visto.
Fueron andando hasta un jardín, atravesaron un prado, cruzaron un puentecito, dejaron atrás un seto y subieron a una pequeña colina.
-¡Allí! -dijo el sirviente.

El emperador miró al cielo.
Y en el cielo, riendo tan fuerte que apenas se le podía oír reír, había un hombre, y el hombre estaba vestido con papeles de colores y cañas que se transformaban en alas y en una hermosa cola amarilla, y planeaba por todas partes como el pájaro más grande del universo de los pájaros, como un dragón nuevo en una tierra de dragones antiguos.
El hombre les gritó desde lo alto, en la fresca brisa matinal:
-¡Estoy volando, estoy volando!
El sirviente le saludó, agitando el brazo.
-¡Sí, sí!
El emperador Yuan no se movió. Miró, en cambio, hacia la Gran Muralla China, que tomaba forma surgiendo de las nieblas más lejanas, tras las colinas verdes. Esa espléndida serpiente de piedra que se retorcía majestuosamente a través del país. Esa muralla maravillosa que los había protegido desde tiempos inmemoriales de las hordas enemigas, y había preservado la paz durante innumerables años. Vio la ciudad, anidada entre un río y un camino y una colina, que comenzaba a despertar.
-Dime -preguntó a su sirviente-. ¿Alguien más ha visto a este hombre volador?
-He sido el único, excelencia -dijo el sirviente, sonriendo al cielo y saludando.
El emperador consideró los cielos durante otro minuto y luego dijo:
-Dile que baje.
-¡Hola, baja, baja! ¡El emperador desea verte!
-llamó el sirviente, haciendo bocina con las manos.
El emperador miró en todas direcciones, mientras el hombre que volaba se deslizaba hacia él en el viento matutino. Vio a un granjero que había salido temprano al campo y miraba al cielo, y tomó nota del lugar donde se encontraba.
El hombre volador aterrizó con un rumor de papeles y un crujido de cañas de bambú. Se aproximó orgullosamente al emperador, torpe, a causa de su aparejo, y finalmente se inclinó ante el anciano.
-¿Qué has hecho? -interrogó el emperador.
-He volado en el cielo, excelencia -replicó el hombre.
-¿Qué has hecho? -dijo nuevamente el emperador.
-¡Acabo de decíroslo! -gritó el hombre volador.
-No me has dicho nada.
El emperador extendió una mano delgada para tocar el bonito papel y la cola del pájaro del aparato. Olía a viento fresco.
-¿No es hermoso, excelencia?
-Sí, demasiado hermoso.
-¡Es el único que existe en el mundo! -dijo el hombre, sonriendo-. Y yo soy el inventor.
-¿El único que existe en el mundo?
-¡Lo juro!
-¿Quién más sabe esto?

-Nadie. Ni siquiera mi mujer, que creería que el sol me ha vuelto loco. Creyó que yo estaba haciendo un papalote. Me levanté, por la noche, y fui andando hasta los acantilados que están allá lejos. Y cuando salió el sol y sopló el viento de la mañana, reuní todo mi valor, excelencia, y salté desde el acantilado. ¡Y volé! Pero mi mujer no lo sabe.
-Mejor para ella -dijo el emperador-. Ven conmigo.
Volvieron a la gran casa. El sol brillaba en el cielo y el olor de la hierba era refrescante. El emperador, el sirviente y el hombre que había volado se detuvieron en el enorme jardín.
El emperador golpeó las manos.
-¡Eh! ¡Guardias!
Los guardias acudieron corriendo.
-Apresad a este hombre.
Los guardias lo apresaron.
-Llamad al verdugo -dijo el emperador.
-¿Qué significa esto? -gritó el hombre, atónito-. ¿Qué he hecho?
Comenzó a llorar y su hermoso aparato crujió.
-Este hombre ha construido cierta máquina -dijo el emperador-, y aún pregunta qué es lo que ha hecho. El mismo no lo sabe. Sólo le pareció necesario crear, sin saber por qué lo ha hecho, ni que hará esta cosa.
El verdugo llegó corriendo con una afilada hacha de plata. Se quedó allí, con los brazos desnudos y musculosos, el rostro cubierto por una serena máscara blanca.
-Un momento -dijo el emperador.
Se volvió hacia una mesa sobre la que había una máquina que había creado él. El emperador cogió una llavecita dorada que llevaba colgada al cuello. Colocó la llave en la máquina pequeña y delicada y le dio cuerda.
Después la puso en marcha.
La máquina era un jardín de metal y piedras preciosas. Cuando se ponía en movimiento, había pájaros que cantaban en diminutos árboles metálicos, lobos que andaban por bosques en miniatura y gentecillas que corrían hacia el sol y hacia la sombra, abanicándose con abanicos pequeñísimos, escuchando a los pajarillos de esmeraldas y deteniéndose ante fuentes cantarinas absurdamente pequeñas.
-Y esto, ¿no es hermoso? -dijo el emperador-. Si me preguntaras que he hecho aquí, podría responderte bien. He hecho cantar a los pájaros, murmurar a las fuentes, he hecho andar a la gente por los bosques, disfrutando de las hojas, la sombra y las canciones. Esto es lo que he hecho.
-Pero, ¡oh emperador! -imploró el hombre volador, de rodillas, con lágrimas en los ojos-. ¡Yo he hecho algo similar! He encontrado la belleza. He volado en el viento de la mañana. He contemplado todas las casas y los jardines que dormían. He sentido el olor del mar y hasta lo he visto, más allá de las colinas, desde la altura en que estaba. Y me he deslizado como un pájaro. Oh, no puedo deciros cuán hermoso es todo allá arriba, en el cielo, con el viento a mi alrededor. ¡El viento arrastrándome como a una pluma, como a un abanico! ¡Cómo huele el cielo en la mañana! ¡Cuán libre se siente uno! Eso es hermoso, emperador, ¡eso también es hermoso!

-Sí -dijo tristemente el emperador-. Sé que debe ser así. Porque sentí que mi corazón se movía contigo en el aire y me pregunté: ¿Cómo será? ¿Cómo me sentiría? ¿Qué parecen las lagunas distantes vistas desde lo alto? ¿Y mi casa, y mis sirvientes? ¿Serán como hormigas? ¿Y las ciudades lejanas que aún no han despertado?
-Entonces, ¡no me condenéis!
-Pero hay momentos -dijo el emperador, aún más tristemente-, en que uno debe perder un poco de belleza para poder conservar la poca belleza que uno tiene. No te temo a ti, pero temo a otro hombre.
-¿Qué hombre?
-Otro hombre que,  viéndote, construirá otra cosa de papel y bambú, como ésta. Pero el otro hombre tendrá una cara cruel y un corazón malvado y la belleza desaparecerá. Ese es el hombre a quien temo.
-¿Por qué? ¿Por qué?
-¿Quién puede asegurar que algún día, un hombre así, en un aparato de papel y cañas, como éste, no podría volar por el cielo y arrojar piedras sobre la Gran Muralla China? -dijo el emperador.
Nadie se movió ni habló.
-Cortadle la cabeza -dijo el emperador.
El verdugo hizo girar su hacha de plata.
-Quemad la cometa y el cuerpo del inventor y enterrad juntas sus cenizas -dijo el emperador.
Los sirvientes se retiraron para obedecer sus órdenes.
El emperador se volvió hacia el sirviente que había visto volar al hombre.
-Sujeta tu lengua. Todo fue un sueño, un sueño muy hermoso y muy triste. Y a aquel granjero que también vio, dile que será mejor para él considerar que sólo fue una visión. Si alguna vez corre la voz, tú y el granjero moriréis en una hora.
-Sois misericordioso, ¡oh emperador!
-No, no soy misericordioso -dijo el anciano.
Más allá de los muros del jardín vio a los guardias quemando la hermosa máquina de papel y bambú que olía como el viento de la montaña.
-No. Sólo soy un hombre sorprendido y asustado.
Vio cómo los guardias cavaban un pozo pequeño para enterrar las cenizas de él.
-¿Qué significa la vida de un solo hombre comparada con la de un millón de hombres? Debo consolarme pensando en eso.
Tomó la llave de la cadena que rodeaba su cuello y, una vez más, dio cuerda al hermoso jardín en miniatura.
Contempló la Gran Muralla, al otro lado de los campos, la pacifica ciudad, los prados verdes, los ríos y los arroyos. Suspiró. El jardín en miniatura hizo girar su oculta y delicada maquinaria y se puso en movimiento. Personajes diminutos anduvieron por los bosques, zorros diminutos de piel brillante merodearon a través de ciénegas moteadas por el sol, y entre los árboles diminutos volaron minúsculos trozos de canciones azules y amarillas, brillantes, volando, volando, en el pequeño cielo.
-Oh -dijo el emperador, cerrando los ojos. ¡Mirad esos pájaros, mirad esos pájaros!

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