miércoles, 21 de enero de 2015

Los tres príncipes de Serendip (cuento persa)

Los tres príncipes de Serendip (cuento persa)




Voz: Manuel López Castilleja 
Música: Warm Stones Kostia 















El discípulo miró al maestro en la profundidad de la tarde. 

- "Maest ro, ¿es bueno para el sabio demostrar su inteligencia?" 

- "A veces puede ser bueno y honorable permitir que los hombres te rindan honores." 

- “¿Sólo a veces?” 

- “Otras puede acarrearle al sabio multitud de desgracias. Eso es lo que les sucedió a los tres Príncipes de Serendip, que utilizaron distraídamente su inteligencia. Habían sido educados por su padre, que era arquitecto del gran Shá de Persia, con los mejores profesores, y ahora se encaminaban en un viaje hacia la India para servir al Gran Mogol, del que habían oído su gran aprecio por el Islam y la sabiduría. Sin embargo, tuvieron un percance en su camino.” 

- “¿Qué les pasó?” 

- “Una tarde como esta, caminaban rumbo a la ciudad de Kandahar, cuando uno de ellos afirmó al ver unas huellas en el camino: “Por aquí ha pasado un camello tuerto del ojo derecho". 

- “¿Cómo pudo adivinar semejante cosa con tanta exactitud?” 

- “Había observado que la hierba de la parte derecha del camino, la que daba al río, y por tanto la más atractiva, estaba intacta, mientras la de la parte izquierda, la que daba al monte y estaba más seca, estaba consumida. El camello no veía la hierba del río.” 

- “¿Y los otros príncipes?” 

- “El segundo, que era más sabio, dijo: “le falta un diente al camello.” 

- “¿Cómo podía saberlo?” 

- “La hierba arrancada mostraba pequeñas cantidades masticadas y abandonadas.” 

- “¿Y el tercero?” 

- “Era mucho más joven, pero aun más perspicaz, y, como es natural, en los hijos pequeños, más radical, al estar menos seguro de sí mismo. Dijo: “el camello está cojo de una de las dos patas de atrás. La izquierda, seguro" 

- “¿Cómo lo sabía?” 

- “Las huellas eran más débiles en este lado.” 

- “¿Y ahí acabaron las averiguaciones?” 

- “No. El mayor, picado en esta competencia, afirmó: “por mi puesto de Arquitecto Mayor del Reino que este camello llevaba una carga de mantequilla y miel.” 

- “Pero, eso es imposible de adivinar.” 

- “Se había fijado en que en un borde del camino había un grupo de hormigas que comía en un lado, y en el otro se había concentrado un verdadero enjambre de abejas, moscas y avispas.” 

- “Se trata de un difícil reto para los otros dos hermanos.” 

- “El segundo hermano bajó de su montura y avanzó unos pasos. Era el más mujeriego del grupo por lo que no es extraño que afirmara: "En el camello iba montada una mujer". Y se puso rojo de excitación al pensar en el pequeño y grácil cuerpo de la joven, porque hacía días que habían salido de la ciudad de Djem y no habían visto ninguna mujer aún.” 

- “¿Cómo pudo saberlo?” 

- “Se había fijado en unas pequeñas huellas de pies sobre el barro del costado del río.” 

- “¿Por qué había bajado? ¿Tenía sed?” 

- “El tercer hermano, absolutamente herido en su orgullo de adolescente por la inteligencia de los dos mayores, afirmó: "Es una mujer que se encuentra embarazada, hermano. Tendrás que esperar un tiempo para cumplir tus deseos". 

- “Eso es aún más difícil de saber.” 

- “Se había percatado que en un lado de la pendiente había orinado pero se había tenido que apoyar con sus dos manos porque le pesaba el cuerpo al agacharse.” 

- “Los tres hermanos eran muy listos.” 

- “Sin embargo, su sabiduría les trajo muchas desgracias.” 

- “¿Por qué?” 

- “Por su soberbia de jóvenes. Al acercarse a la ciudad, contemplaron un mercader que gritaba enloquecido. Había desaparecido uno de sus camellos y una de sus mujeres. Aunque estaba más triste por la pérdida de la carga que llevaba su animal, y echaba la culpa a su joven esposa que también había desaparecido.” 

- “¿Era tuerto tu camello del ojo derecho?”, le dijo el hermano mayor. 

- “Sí”, le dijo el mercader intrigado. 

- “¿Le faltaba algún diente?” 

- “Era un poco viejo”, dijo rezongando, “ y se había peleado con un camello más joven.” 

- “¿Estaba cojo de la pata izquierda trasera?” 

- “Creo que sí, se le había clavado la punta de una estaca.” 

- “Llevaba una carga de miel y mantequilla.” 

- “Una preciosa carga, sí.” 

- “Y una mujer.” 

- “Muy descuidada por cierto, mi esposa.” 

- “Que estaba embarazada.” 

- “Por eso se retrasaba continuamente con sus cosas. Y yo, pobre de mí, la dejé atrás un momento. ¿Dónde los habéis visto?” 

- “No hemos visto jamás a tu camello ni a tu mujer”, buen hombre, le dijeron los tres príncipes riéndose alegremente. 

El discípulo también rió. 

- “Eran muy sabios.” 

- “Sí, pero el buen mercader estaba muy irritado. Cuando los vecinos del mercado le dijeron que habían visto tres salteadores tras su camello y su mujer, los denunció.” 

- “¡Pero, ellos tenían razón!” 

- “Los perdió su soberbia juvenil. Habían señalado todas esas características del camello con tanta exactitud que ninguno les creyó cuando afirmaron no haber visto jamás al camello. Y se habían reído del mercader, había muchos testigos. Fueron llevados a la cárcel y condenados a muerte ya que en Kandahar el robo de camellos es el peor delito, más que el rapto de esposas.” 

- “¡Qué triste destino para los sabios!” 

- “La cosa no acabó tan mal. La esposa se había escapado, y pudo llegar antes de que los desventaran en la plaza pública, como era costumbre para castigar a los ladrones de camellos. El poderoso Emir de Kandahar se divirtió bastante con la historia y nombró ministros a los tres príncipes. Por cierto, que el segundo hermano se casó con la muchacha, que estaba bastante harta del mercader.” 

- “La sabiduría tiene su premio.” 

- “La casualidad los salvó y aprendieron a ser mucho más prudentes a la hora de manifestar su inteligencia ante los demás.”

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