viernes, 30 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (5/7)








—Espérese y le presto un paraguas, compadre. 
Don Sabas abrió un armario empotrado en el muro de la oficina. Descubrió un interior confuso, con botas de montar apelotonadas, estribos y correas y un cubo de aluminio lleno de espuelas de caballero. Colgados en la parte superior, media docena de paraguas y una sombrilla de mujer. El coronel pensó en los destrozos de una catástrofe. 
“Gracias, compadre”, dijo acodado en la ventana. “Prefiero esperar a que escampe”. Don Sabas no cerró el armario. Se instaló en el escritorio dentro de la órbita del ventilador eléctrico. Luego extrajo de la gaveta una jeringuilla hipodérmica envuelta en algodones. El coronel contempló los almendros plomizos a través de la lluvia. Era una tarde desierta. 
—La lluvia es distinta desde esta ventana —dijo—. Es como si estuviera lloviendo en otro pueblo. 
—La lluvia es la lluvia desde cualquier parte —replicó don Sabas. Puso a hervir la jeringuilla sobre la cubierta de vidrio del escritorio—. Este es un pueblo de mierda. 
El coronel se encogió de hombros. Caminó hacia el interior de la oficina: un salón de baldosas verdes con muebles forrados en telas de colores vivos. Al fondo, amontonados en desorden, sacos de sal, pellejos de miel y sillas de montar. Don Sabas lo siguió con una mirada completamente vacía. 
—Yo en su lugar no pensaría lo mismo —dijo el coronel. 
Se sentó con las piernas cruzadas, fija la mirada tranquila en el hombre inclinado sobre el escritorio. Un hombre pequeño, voluminoso pero de carnes fláccidas, con una tristeza de sapo en los ojos. 
—Hágase ver del médico, compadre —dijo don Sabas—. Usted está un poco fúnebre desde el día del entierro. 
El coronel levantó la cabeza. 
—Estoy perfectamente bien —dijo. 
Don Sabas esperó a que hirviera la jeringuilla. “Si yo pudiera decir lo mismo”, se lamentó. “Dichoso usted que puede comerse un estribo de cobre”. Contempló el peludo envés de sus manos salpicadas de lunares pardos. Usaba una sortija de piedra negra sobre el anillo de matrimonio. 
—Asi es —admitió el coronel. 
Don Sabas llamó a su esposa a través de la puerta que comunicaba la oficina con el resto de la casa. Luego inició una adolorida explicación de su régimen alimenticio. Extrajo un frasquito del bolsillo de la camisa y puso sobre el escritorio una pastilla blanca del tamaño de un grano de habichuela. 
—Es un martirio andar con esto por todas partes —dijo—. Es como cargar la muerte en el bolsillo. 
El coronel se acercó al escritorio. Examinó la pastilla en la palma de la mano hasta cuando don Sabas lo invitó a saborearla. 
—Es para endulzar el café —le explicó—. Es azúcar, pero sin azúcar. 
—Por supuesto —dijo el coronel, la saliva impregnada de una dulzura triste—. Es algo así como repicar pero sin campanas. 
Don Sabas se acodó al escritorio con el rostro entre las manos después de que su mujer le aplicó la inyección. El coronel no supo qué hacer con su cuerpo. La mujer desconectó el ventilador eléctrico, lo puso sobre la caja blindada y luego se dirigió al armario. 
—El paraguas tiene algo que ver con la muerte —dijo. 
El coronel no le puso atención. Había salido de su casa a las cuatro con el propósito de esperar el correo, pero la lluvia lo obligó a refugiarse en la oficina de don Sabas. Aún llovía cuando pitaron las lanchas. 
“Todo el mundo dice que la muerte es una mujer”, siguió diciendo la mujer. Era corpulenta, más alta que su marido, y con una verruga pilosa en el labio superior. Su manera de hablar recordaba el zumbido del ventilador eléctrico. “Pero a mí no me parece que sea una mujer”, dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel: 
—Yo creo que es un animal con pezuñas. 
—Es posible —admitió el coronel—. A veces suceden cosas muy extrañas. 
Pensó en el administrador de correos saltando a la lancha con un impermeable de hule. Había transcurrido un mes desde cuando cambió de abogado. Tenía derecho a esperar una respuesta. La mujer de don Sabas siguió hablando de la muerte hasta cuando advirtió la expresión absorta del coronel. 
—Compadre —dijo—. Usted debe tener una preocupación. 
El coronel recuperó su cuerpo. 
—Así es comadre —mintió—. Estoy pensando que ya son las cinco y no se le ha puesto la inyección al gallo. 
Ella quedó perpleja. 
—Una inyección para un gallo como si fuera un ser humano —gritó—. Eso es un sacrilegio. 
Don Sabas no soportó más. Levantó el rostro congestionado. 
—Cierra la boca un minuto —ordenó a su mujer. Ella se llevó efectivamente las manos a la boca—. Tienes media hora de estar molestando a mi compadre con tus tonterías. 
—De ninguna manera —protestó el coronel. 
La mujer dio un portazo. Don Sabas se secó el cuello con un pañuelo impregnado de lavanda. El coronel se acercó a la ventana. Llovía implacablemente. Una gallina de largas patas amarillas atravesaba la plaza desierta. 
—¿Es cierto que están inyectando al gallo? 
—Es cierto —dijo el coronel—. Los entrenamientos empiezan la semana entrante. 
—Es una temeridad —dijo don Sabas—. Usted no está para esas cosas. 
—De acuerdo —dijo el coronel—. Pero ésa no es una razón para torcerle el pescuezo. 
“Es una temeridad idiota”, dijo don Sabas dirigiéndose a la ventana. El coronel percibió una respiración de fuelle. Los ojos de su compadre le producían piedad. 
—Siga mi consejo, compadre —dijo don Sabas—. Venda ese gallo antes que sea demasiado tarde. 
—Nunca es demasiado tarde para nada —dijo el coronel. 
—No sea irrazonable —insistió don Sabas—. Es un negocio de dos filos. Por un lado se quita de encima ese dolor de cabeza y por el otro se mete novecientos pesos en el bolsillo. 
—Novecientos pesos —exclamó el coronel. 
—Novecientos pesos. 
El coronel concibió la cifra. 
—¿Usted cree que darán ese dineral por el gallo? 
—No es que lo crea —respondió don Sabas—. Es que estoy absolutamente seguro. 
Era la cifra más alta que el coronel había tenido en su cabeza después de que restituyó los fondos de la revolución. Cuando salió de la oficina de don Sabas sentía una fuerte torcedura en las tripas, pero tenía conciencia de que esta vez no era a causa del tiempo. En la oficina de correos se dirigió directamente al administrador: 
—Estoy esperando una carta urgente —dijo—. Es por avión. 
El administrador buscó en las casillas clasificadas. Cuando acabó de leer repuso las cartas en la letra correspondiente pero no dijo nada. Se sacudió la palma de las manos y dirigió al coronel una mirada significativa. 
—Tenía que llegarme hoy con seguridad —dijo el coronel. 
El administrador se encogió de hombros. 
—Lo único que llega con seguridad es la muerte, coronel. 
Su esposa lo recibió con un plato de mazamorra de maíz. Él la comió en silencio con largas pausas para pensar entre cada cucharada. Sentada frente a él la mujer advirtió que algo había cambiado en la casa. 
—Qué te pasa —preguntó. 
—Estoy pensando en el empleado de quien depende la pensión —mintió el coronel—. Dentro de cincuenta años nosotros estaremos tranquilos bajo tierra mientras ese pobre hombre agonizará todos los viernes esperando su jubilación. 
“Mal síntoma”, dijo la mujer. “Eso quiere decir que ya empiezas a resignarte”. Siguió con su mazamorra. Pero un momento después se dio cuenta de que su marido continuaba ausente. 
—Ahora lo que debes hacer es aprovechar la mazamorra. 
—Está muy buena —dijo el coronel—. ¿De dónde salió? 
—Del gallo —respondió la mujer—. Los muchachos le han traído tanto maíz, que decidió compartirlo con nosotros. Así es la vida. 
—Así es —suspiró el coronel—. La vida es la cosa mejor que se ha inventado. 
Miró al gallo amarrado en el soporte de la hornilla y esta vez le pareció un animal diferente. También la mujer lo miró. 
—Esta tarde tuve que sacar a los niños con un palo —dijo—. Trajeron una gallina vieja para enrazarla con el gallo. 
—No es la primera vez —dijo el coronel—. Es lo mismo que hacían en los pueblos con el coronel Aureliano Buendía. Le llevaban muchachitas para enrazar. 
Ella celebró la ocurrencia. El gallo produjo un sonido gutural que llegó hasta el corredor como una sorda conversación humana. “A veces pienso que ese animal va a hablar”, dijo la mujer. El coronel volvió a mirarlo. 
—Es un gallo contante y sonante —dijo. Hizo cálculos mientras sorbía una cucharada de mazamorra—. Nos dará para comer tres años. 
—La ilusión no se come —dijo ella. 
—No se come, pero alimenta —replico el coronel—. Es algo así como las pastillas milagrosas de mi compadre Sabas. 
Durmió mal esa noche tratando de borrar cifras en su cabeza. Al día siguiente al almuerzo la mujer sirvió dos platos de mazamorra y consumió el suyo con la cabeza baja, sin pronunciar una palabra. El coronel se sintió contagiado de un humor sombrío. 
—Qué te pasa. 
—Nada —dijo la mujer. 
Él tuvo la impresión de que esta vez le había correspondido a ella el turno de mentir. Trató de consolarla. Pero la mujer insistió. 
—No es nada raro —dijo—. Estoy pensando que el muerto va a tener dos meses y todavía no he dado el pésame. 
Así que fue a darlo esa noche. El coronel la acompañó a la casa del muerto y luego se dirigió al salón de cine atraído por la música de los altavoces. Sentado a la puerta de su despacho el padre Angel vigilaba el ingreso para saber quiénes asistían al espectáculo a pesar de sus doce advertencias. Los chorros de luz, la música estridente y los gritos de los niiíos oponían una resistencia física en el sector. Uno de los niños amenazó al coronel con una escopeta de palo. 
—Qué hay del gallo, coronel —dijo con voz autoritaria. 
El coronel levantó las manos. 
—Ahí está el gallo. 
Un cartel a cuatro tintas ocupaba enteramente la fachada del salón: “Virgen de medianoche”. Era una mujer en traje de baile con una pierna descubierta hasta el muslo. El coronel siguió vagando por los alrededores hasta cuando estallaron truenos y relámpagos remotos. Entonces volvió por su mujer. 
No estaba en la casa del muerto. Tampoco en la suya. El coronel calculó que faltaba muy poco para el toque de queda, pero el reloj estaba parado. Esperó, sintiendo avanzar la tempestad hacia el pueblo. Se disponía a salir de nuevo cuando su mujer entró a la casa. 
Llevó el gallo al dormitorio. Ella se cambió la ropa y fue a tomar agua en la sala en el momento en que el coronel terminaba de dar cuerda al reloj y esperaba el toque de queda para poner la hora. 
—¿Dónde estabas? —preguntó el coronel. 
“Por ahí”, respondió la mujer. Puso el vaso en el tinajero sin mirar a su marido y volvió al dormitorio. “Nadie creía que fuera a llover tan temprano”. El coronel no hizo ningún comentario. Cuando sonó el toque de queda puso el reloj en las once, cerró el vidrio y colocó la silla en su puesto. 
Encontró a su mujer rezando el rosario. 
—No me has contestado una pregunta —dijo el coronel. 
—Cuál. 
—¿Dónde estabas? 
—Me quedé hablando por ahí —dijo ella—. Hacía tanto tiempo que no salía a la calle. 
El coronel colgó la hamaca. Cerró la casa y fumigó la habitación. Luego puso la lámpara en el suelo y se acostó. 
—Te comprendo —dijo tristemente—. Lo peor de la mala situación es que lo obliga a uno a decir mentiras. 
Ella exhaló un largo suspiro. 
—Estaba donde el padre Angel —dijo—. Fui a solicitarle un préstamo sobre los anillos de matrimonio. 
—¿Y qué te dijo? 
—Que es pecado negociar con las cosas sagradas. 
Siguió hablando desde el mosquitero. “Hace dos días traté de vender el reloj”, dijo. “A nadie le interesa porque están vendiendo a plazos unos relojes modernos con números luminosos. Se puede ver la hora en la oscuridad”. El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor. 
—Tampoco quieren el cuadro —dijo ella—. Casi todo el mundo tiene el mismo. Estuve hasta donde los turcos. 
El coronel se encontró amargo. 
—De manera que ahora todo el mundo sabe que nos estamos muriendo de hambre. 
—Estoy cansada —dijo la mujer—. Los hombres no se dan cuenta de los problemas de la casa. Varias veces he puesto a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla. 
El coronel se sintió ofendido. 
—Eso es una verdadera humillación —dijo. 
La mujer abandonó el mosquitero y se dirigió a la hamaca. “Estoy dispuesta a acabar con los remilgos y las contemplaciones en esta casa”, dijo. Su voz empezó a oscurecerse de cólera. “Estoy hasta la coronilla de resignación y dignidad”. 
El coronel no movió un músculo. 
—Veinte años esperando los pajaritos de colores que te prometieron después de cada elección y de todo eso nos queda un hijo muerto —prosiguió ella—. Nada más que un hijo muerto. 
El coronel estaba acostumbrado a esa clase de recriminaciones. 
—Cumplimos con nuestro deber —dijo. 
—Y ellos cumplieron con ganarse mil pesos mensuales en el senado durante veinte años —replicó la mujer—. Ahí tienes a mi compadre Sabas con una casa de dos pisos que no le alcanza para meter la plata, un hombre que llegó al pueblo vendiendo medicinas con una culebra enrollada en el pescuezo. 
—Pero se está muriendo de diabetes —dijo el coronel. 
—Y tú te estás muriendo de hambre —dijo la mujer—. Para que te convenzas que la dignidad no se come. 
La interrumpió el relámpago. El trueno se despedazó en la calle, entró al dormitorio y pasó rodando por debajo de la cama como un tropel de piedras. La mujer saltó hacia el mosquitero en busca del rosario. 
El coronel sonrió. 
—Esto te pasa por no frenar la lengua —dijo—. Siempre te he dicho que Dios es mi copartidario. 
Pero en realidad se sentía amargado. Un momento después apagó la lámpara y se hundió a pensar en una oscuridad cuarteada por los relámpagos. Se acordó de Macondo. El coronel esperó diez años a que se cumplieran las promesas de Neerlandia. En el sopor de la siesta vio llegar un tren amarillo y polvoriento con hombres y mujeres y animales asfixiándose de calor, amontonados hasta en el techo de los vagones. Era la fiebre del banano. En veinticuatro horas transformaron el pueblo. “Me voy”, dijo entonces el coronel. “El olor del banano me descompone los intestinos”. Y abandonó a Macondo en el tren de regreso, el miércoles veintisiete de junio de mil novecientos seis a las dos y dieciocho minutos de la tarde. Necesitó medio siglo para darse cuenta de que no había tenido un minuto de sosiego después de la rendición de Neerlandia. 
Abrió los ojos. 
—Entonces no hay que pensarlo más —dijo. 
—Qué. 
—La cuestión del gallo —dijo el coronel—. Mañana mismo se lo vendo a mi compadre Sabas por novecientos pesos.


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