jueves, 29 de enero de 2015

AUDIOLIBRO: "El coronel no tiene quien le escriba" de Gabriel García Márquez (4/7)







Llevó a la mesita de la sala un bloc de papel rayado, la pluma, el tintero y una hoja de papel secante, y dejó abierta la puerta del cuarto por si tenía que con sultar con su mujer. Ella rezó el rosario. 
—¿A cómo estamos hoy? 
—27 de octubre. 
Escribió con una compostura aplicada, puesta la mano con la pluma en la hoja de papel secante, recta la columna vertebral para favorecer la respiración, como le enseñaron en la escuela. El calor se hizo insoportable en la sala cerrada. Una gota de sudor cayó en la carta. El coronel la recogió en el papel secante. Después trató de raspar las palabras disueltas, pero hizo un borrón. 
No se desesperó. Escribió una llamada y anotó al margen: “derechos adquiridos”. Luego leyó todo el párrafo. 
—¿Qué día me incluyeron en el escalafón? 
La mujer no interrumpió la oración para pensar. 
—12 de agosto de 1949. 
Un momento después empezó a llover. El coronel llenó una hoja de garabatos grandes, un poco infantiles, los mismos que le enseñaron en la escuela pública de Manaure. Luego una segunda hoja hasta la mitad, y firmó. 
Leyó la carta a su mujer. Ella aprobó cada frase con la cabeza. Cuando terminó la lectura el coronel cerró el sobre y apagó la lámpara. 
—Puedes decirle a alguien que te la saque a máquina. 
—No —respondió el coronel—. Ya estoy cansado de andar pidiendo favores. 
Durante media hora sintió la lluvia contra las palmas del techo. El pueblo se hundió en el diluvio. Después del toque de queda empezó la gota en algún lugar de la casa. 
—Esto se ha debido hacer desde hace mucho tiempo —dijo la mujer—. Siempre es mejor entenderse directamente. 
—Nunca es demasiado tarde —dijo el coronel, pendiente de la gotera—. Pueda ser que todo esté resuelto cuando se cumpla la hipoteca de la casa. 
—Faltan dos años —dijo la mujer. 
Él encendió la lámpara para localizar la gotera en la sala. Puso debajo el tarro del gallo y regresó al dormitorio perseguido por el ruido metálico del agua en la lata vacía. 
—Es posible que por el interés de ganarse la plata lo resuelvan antes de enero —dijo, y se convenció a sí mismo—. Para entonces Agustín habrá cumplido su año y podremos ir al cine. 
Ella rió en voz baja. “Ya ni siquiera me acuerdo de los monicongos”, dijo. El coronel trató de verla a través del mosquitero. 
—¿Cuándo fuiste al cine por última vez? 
—En 1931 —dijo ella—. Daban “La voluntad del muerto”. 
—¿Hubo puños? 
—No se supo nunca. El aguacero se desgajó cuando el fantasma trataba de robarle el collar a la muchacha. 
Los durmió el rumor de la lluvia. El coronel sintió un ligero malestar en los intestinos. Pero no se alarmó. Estaba a punto de sobrevivir a un nuevo octubre. Se envolvió en una manta de lana y por un momento percibió la pedregosa respiración de la mujer —remota— navegando en otro sueño. Entonces habló, perfectamente consciente. 
La mujer despertó. 
—¿Con quién hablas? 
—Con nadie —dijo el coronel—. Estaba pensando que en la reunión de Macondo tuvimos razón cuando le dijimos al coronel Aureliano Buendía que no se rindiera. Eso fue lo que echó a perder el mundo. 
Llovió toda la semana. El dos de noviembre —contra la voluntad del coronel—, la mujer llevó flores a la tumba de Agustín. Volvió del cementerio con una nueva crisis. Fue una semana dura. Más dura que las cuatro semanas de octubre a las cuales el coronel no creyó sobrevivir. El médico estuvo a ver a la enferma y salió de la pieza gritando: “Con un asma como ésa yo estaría preparado para enterrar a todo el pueblo”. Pero habló a solas con el coronel y prescribió un régimen especial. 
También el coronel sufrió una recaída. Agonizó muchas horas en el excusado, sudando hielo, sintiendo que se pudría y se caía a pedazos la flora de sus vísceras. “Es el invierno”, se repitió sin desesperarse. “Todo será distinto cuando acabe de llover”. Y lo creyó realmente, seguro de estar vivo en el momento en que llegara la carta. 
A él le correspondió esta vez remendar la economía doméstica. Tuvo que apretar los dientes muchas veces para solicitar crédito en las tiendas vecinas. “Es hasta la semana entrante”, decía sin estar seguro él mismo de que era cierto. “Es una platita que ha debido llegarme desde el viernes”. Cuando surgió de la crisis la mujer lo reconoció con estupor. 
—Estás en el hueso pelado —dijo. 
—Me estoy cuidando para venderme —dijo el coronel—. Ya estoy encargado por una fábrica de clarinetes. 
Pero en realidad estaba apenas sostenido por la esperanza de la carta. Agotado, los huesos molidos por la vigilia, no pudo ocuparse al mismo tiempo de sus necesidades y del gallo. En la segunda quincena de noviembre creyó que el animal se moriría después de dos días sin maíz. Entonces se acordó de un puñado de habichuelas que había colgado en julio sobre la hornilla. Abrió las vainas y puso al gallo un tarro de semillas secas. 
—Ven acá —dijo. 
—Un momento —respondió el coronel, observando la reacción del gallo—. A buena hambre no hay mal pan. 
Encontró a su esposa tratando de incorporarse de la cama. El cuerpo estragado exhalaba un baho de hierbas medicinales. Ella pronunció las palabras, una a una, con una precisión calculada: 
—Sales inmediatamente de ese gallo. 
El coronel había previsto aquel momento. Lo esperaba desde la tarde en que acribillaron a su hijo y él decidió conservar el gallo. Había tenido tiempo de pensar. 
—Ya no vale la pena —dijo—. Dentro de tres meses será la pelea y entonces podremos venderlo a mejor precio. 
—No es cuestión de plata —dijo la mujer—. Cuando vengan los muchachos, les dices que se lo lleven y hagan con él lo que les dé la gana. 
—Es por Agustín —dijo el coronel con un argumento previsto—. Imagínate la cara con que hubiera venido a comunicarnos la victoria del gallo. 
La mujer pensó efectivamente en su hijo. 
“Esos malditos gallos fueron su perdición”, gritó. “Si el tres de enero se hubiera quedado en la casa no lo hubiera sorprendido la mala hora”. Dirigió hacia la puerta un índice escuálido y exclamó: 
—Me parece que lo estuviera viendo cuando salió con el gallo debajo del brazo. Le advertí que no fuera a buscar una mala hora en la gallera y él me mostró los dientes y me dijo: “Cállate, que esta tarde nos vamos a podrir de plata”. 
Cayó extenuada. El coronel la empujo suavemente hacia la almohada. Sus ojos tropezaron con otros exactamente iguales a los suyos. “Trata de no moverte”, dijo, sintiendo los silbidos dentro de sus propios pulmones. La mujer cayó en un sopor momentáneo. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos su respiración parecía más reposada. 
—Es por la situación en que estamos —dijo—. Es pecado quitarnos el pan de la boca para echárselo a un gallo. 
El coronel le secó la frente con la sábana. 
—Nadie se muere en tres meses. 
—Y mientras tanto — qué comemos —preguntó la mujer. 
—No sé —dijo el coronel—. Pero si nos fuéramos a morir de hambre ya nos hubiéramos muerto. 
El gallo estaba perfectamente vivo frente al tarro vacío. Cuando vio al coronel emitió un monólogo gutural, casi humano, y echó la cabeza hacia atrás. Él le hizo una sonrisa de complicidad: 
—La vida es dura, camarada. 
Salió a la calle. Vagó por el pueblo en siesta, sin pensar en nada, ni siquiera tratando de convencerse de que su problema no tenía solución. Anduvo por las calles olvidadas hasta cuando se encontró agotado. Entonces volvió a casa. La mujer lo sintió entrar y lo llamó al cuarto. 
—¿Qué? 
Ella respondió sin mirarlo. 
—Que podemos vender el reloj. 
El coronel había pensado en eso. “Estoy segura de que Alvaro te da cuarenta pesos en seguida”, dijo la mujer. “Fíjate la facilidad con que compró la máquina de coser”. 
Se refería al sastre para quien trabajó Agustín. 
—Se le puede hablar por la mañana —admitió el coronel. 
—Nada de hablar por la mañana —precisó ella—. Le llevas ahora mismo el reloj, se lo pones en la mesa y le dices: “Alvaro, aquí le traigo este reloj para que me lo compre”. Él entenderá en seguida. 
El coronel se sintió desgraciado. 
—Es como andar cargando el santo sepulcro —protestó—. Si me ven por la calle con semejante escaparate me sacan en una canción de Rafael Escalona. 
Pero también esta vez la mujer lo convenció. Ella misma descolgó el reloj, lo envolvió en periódicos y se lo puso entre las manos. “Aquí no vuelves sin los cuarenta pesos”, dijo. El coronel se dirigió a la sastrería con el envoltorio bajo el brazo. Encontró a los compañeros de Agustín sentados a la puerta. 
Uno de ellos le ofreció un asiento. Al coronel se le embrollaban las ideas. “Gracias”, dijo. “Voy de paso”. Alvaro salió de la sastrería. En un alambre tendido entre dos horcones del corredor colgó una pieza de dril mojada. Era un muchacho de formas duras, angulosas, y ojos alucinados. También él lo invitó a sentarse. El coronel se sintió reconfortado. Recostó el taburete contra el marco de la puerta y se sentó a esperar a que Alvaro quedara solo para proponerle el negocio. De pronto se dio cuenta de que estaba rodeado de rostros herméticos. 
—No interrumpo —dijo. 
Ellos protestaron. Uno se inclinó hacia él. Dijo, con una voz apenas perceptible: 
—Escribió Agustín. 
El coronel observó la calle desierta. 
—¿Qué dice? 
—Lo mismo de siempre. 
Le dieron la hoja clandestina. El coronel la guardó en el bolsillo del pantalón. Luego permaneció en silencio tamborileando sobre el envoltorio hasta cuando se dio cuenta de que alguien lo había advertido. Quedó en suspenso. 
—¿Qué lleva ahí, coronel? 
El coronel eludió los penetrantes ojos verdes de Germán. 
—Nada —mintió—. Que le llevo el reloj al alemán para que me lo componga. 
“No sea bobo, coronel”, dijo Germán, tratando de apoderarse del envoltorio. “Espérese y lo examino”. 
Él resistió. No dijo nada pero sus párpados se volvieron cárdenos. Los otros insistieron. 
—Déjelo, coronel. Él sabe de mecánica. 
—Es que no quiero molestarle. 
—Qué molestarle ni qué molestarle —discutió Germán. Cogió el reloj—. El alemán le arranca diez pesos y se lo deja lo mismo. 
Entró a la sastrería con el reloj. Alvaro cosía a máquina. En el fondo, bajo una guitarra colgada de un clavo, una muchacha pegaba botones. Había un letrero clavado sobre la guitarra: “Prohibido hablar de política”. El coronel sintió que le sobraba el cuerpo. Apoyó los pies en el travesaño del taburete. 
—Mierda, coronel. 
Se sobresaltó. “Sin malas palabras”, dijo. 
Alfonso se ajustó los anteojos a la nariz para examinar mejor los botines del coronel. 
—Es por los zapatos —dijo—. Está usted estrenando unos zapatos del carajo. 
—Pero se puede decir sin malas palabras —dijo el coronel, y mostró las suelas de sus botines de charol—. Estos monstruos tienen cuarenta años y es la primera vez que oyen una mala palabra. 
“Ya está”, gritó Germán adentro al tiempo con la campana del reloj. En la casa vecina una mujer golpeó la pared divisoria; gritó: 
—Dejen esa guitarra que todavía Agustín no tiene un año. 
Estalló una carcajada. 
—Es un reloj. 
Germán salió con el envoltorio. 
—No era nada —dijo—. Si quiere lo acompaño a la casa para ponerlo a nivel. 
El coronel rehusó el ofrecimiento. 
—¿Cuánto te debo? 
—No se preocupe, coronel —respondió Germán ocupando su sitio en el grupo—. En enero paga el gallo. 
El coronel encontró entonces una ocasión perseguida. 
—Te propongo una cosa —dijo. 
—¿Qué? 
—Te regalo el gallo —examinó los rostros en contorno—. Les regalo el gallo a todos ustedes. 
Germán lo miró perplejo. 
“Ya yo estoy muy viejo para eso”, siguió diciendo el coronel. Imprimió a su voz una severidad convincente. “Es demasiada responsabilidad para mí. Desde hace días tengo la impresión de que ese animal sé está muriendo”. 
—No se preocupe, coronel —dijo Alfonso—. Lo que pasa es que en esta época el gallo está emplumando. Tiene fiebre en los cañones. 
—El mes entrante estará bien —confirmó Germán. 
—De todos modos no lo quiero —dijo el coronel. 
Germán lo penetró con sus pupilas. 
—Dese cuenta de las cosas, coronel —insistió—. Lo importante es que sea usted quien ponga en la gallera el gallo de Agustín. 
El coronel lo pensó. “Me doy cuenta”, dijo. “Por eso lo he tenido hasta ahora”. Apretó los dientes y se sintió con fuerzas para avanzar: 
—Lo malo es que todavía faltan tres meses. 
Germán fue quien comprendió. 
—Si no es nada más que por eso no hay problema —dijo. 
Y propuso su fórmula. Los otros aceptaron. Al anochecer, cuando entró a la casa con el envoltorio bajo el brazo, su mujer sufrió una desilusión. 
—Nada —preguntó. 
—Nada —respondió el coronel—. Pero ahora no importa. Los muchachos se encargarán de alimentar al gallo.


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