lunes, 20 de agosto de 2018

"Cumpleaños" de Héctor Vico

Foto: Juan Miranda



CUMPLEAÑOS

Cumplió cuarenta y cinco años pero no los festejó. Su desinterés por la celebración nada tenía que ver con lo que significaba su edad en cuanto a entrar a la madurez y a ese temor generalizado que tienen muchos hombre de enfrentarse con la segunda mitad de su vida, y por lo tanto, estar a las puertas de su decadencia. Esto podría haberlo puesto de mal humor pero, en verdad, nada de eso ocurría. Tampoco la soledad que lo rodeaba. Una vida prácticamente aséptica, con pocas relaciones, solamente las necesarias para su desarrollo profesional y una que otra distracción, tampoco hacían necesario una fiesta para su natalicio. Muy solo y muy poco para festejar, salvo el hecho de estar vivo. Esto último no era un dato menor. En realidad la decisión de dejar pasar su cumpleaños 45 como si nunca hubiera ocurrido la había tomado mucho tiempo atrás, de cuando visitó la ciudad de Panamá, con tan solo veinte años.
Aquella excursión había comenzado con entusiasmo y emoción, como cualquier otro viaje de placer al que se le suma un destino exótico sobre el Océano Pacífico en el corazón de América Central. Fue recibido por una ciudad cosmopolita de calles ruidosas, atestadas de gentes de las más diversas etnias, con comercios multicolores colmados de público por obra y gracia del aire acondicionado, y los efluvios de  picantes comidas que los nativos, con ojos suplicantes, ofrecían a los peatones. Todo este paisaje urbano generaba tan extraña amalgama que le fue difícil comprender a primera vista las incongruentes paradojas de un pueblo milenario. Por detrás de  todo el bullicio y el contrasentido de la vida cotidiana, se sumaban los siglos de conquista y dominación, desde el pirata Morgan a la actualidad y, subyacentemente, por debajo de aquella maraña de odios recíprocos y atávica rebeldía resignada, pervivía la cultura indígena de los Caribes con sus mitos y brujos.
No lo advirtió. Sus primeros días fueron plácidos. Visitó lugares históricos, hizo una que otra excursión. Fue a la vieja ciudad de Panamá y, cuando tuvo un día libre, se dedicó a caminar. Recorrió las calles céntricas una y otra vez hasta que lo sorprendió la noche, hora en que el paisaje de cualquier gran urbe cambia. Las tiendas de suvenires cerraron, las luces de los escaparates de apagaron y en su lugar surgieron las brillantes luces de los restaurantes y las oscuras marquesinas de los bares y cabarets y entonces, la oferta  cambió.
Con ojos asombrados comenzó a ver a los chulos que, catálogo en mano, mostraban todo tipo de oferta sexual, desde mujeres a niñas y desde hombres a niños, sin ningún tipo de pudor ni tapujos y, desde luego, sin temor por la policía que, por otra parte patrullaba esas mismas calles. Así fue recorriendo de arriba abajo la Avenida Central y la Calle 50 hasta que, para alejarse de aquel sórdido ambiente de los night clubs tomó una calle lateral y en ese simple acto de torcer a la derecha y no a la izquierda o, tal vez, continuar en la misma dirección, esa sencilla e intrascendente  decisión cambió su vida para siempre.
Caminando despreocupadamente, con la brisa del pacífico a sus espaldas y sorteando los escollos que la fracturada vereda interponía a sus pasos, sin advertirlo se descubrió, sentado en un taburete,  ocupando un lugar en la barra en el interior de lo que parecía un antiguo bar salido de otra época. Luces tenues que, al atravesar la nube del humo de los cigarrillos y habanos de los parroquianos, confería una atmósfera fantasmagórica al ambiente; los acordes de un jazz tristón envolvían el lugar y acompañaban el deambular de las jovencitas que animaban la caterva noctámbula devota del lugar, los espejos con sus  lunas descascaradas y un olor rancio mezcla de alcohol y sudor dejaban entrever que no era un sitio turístico sino que la clientela se ocupaba de otros menesteres e intereses. Era más un lugar para los lugareños que para extranjeros curiosos y habidos de descubrir, en una semana, lo más exótico de un país marginal.
-      ¿Qué se va a servir?
La pregunta lo sobresaltó, estaba demasiado enfrascado en recorrer con la vista el bar y, por un momento vaciló:
-         Un… un mojito - dijo por fin, luego recordó que no había cenado y agrego:
-         - ¿Tiene algo para comer?, algo rápido.
-         Hamburguesas, sándwich, seviche, ¿qué prefiere?, fue la precisa y cortante respuesta.
-         ¿Qué es el seviche?
-         Lo hacemos con carne de corvina con jugo de limón, cebolla picada, perejil, ají, y sal, contestó el corpulento barman.
-         Bueno, tráigame eso.
-         O.K.
-         ¿Su primera vez en el país?
La pregunta partió desde su izquierda, no había reparado que alguien se sentara en el taburete vecino. Giró para verlo bien. A contraluz como estaba su nuevo interlocutor, con un cartel de neón de Budweiser cuya luz azul le daba de lleno en los ojos,  no podía distinguir muy bien su rostro pero intuía unos rasgos aindiados, con ojos algo oblicuos, cabeza redonda, nariz aplastada y generosa boca de labios gruesos.
-         Si, la primera vez.
-         ¿Le gusta lo que ve?
-         Si, aunque es extraño.
-         ¿Qué es lo extraño?
-         La mezcla de cosas, la diversidad. Lo antiguo y lo moderno.
-          Lo que ocurre es que Ud. es muy joven. Para nosotros es lo más normal. Soy descendiente de los indios Caribes y como estuvimos siempre aquí, lo que para Ud. es extraño para nosotros es lo que tiene que ser.
-         No le entiendo.
-         Ya le explicaré. Ahora coma su seviche.
Así fue, comió el apetitoso plato que le trajeron. Pidió otro mojito y una nueva cerveza para su nuevo amigo. Hablaron de muchas cosas. De la azarosa vida de los nativos, de lo generosa que es la naturaleza en Panamá; del canal que, como una enorme herida,  une las aguas de los dos mayores océanos del mundo; de las bases militares y de la violencia que hay en cada calle. Charlaron del pirata Morgan y de cuando destruyó la vieja ciudad de Panamá y, cuando parecía que la plática acababa, el caribe dijo:
-         No es casualidad que Ud. esté esta noche aquí.
-         ¡No? ¿Por qué?
-         ¿Qué hora tiene?
-         Pasaron diez minutos de la medianoche.
-         Precisamente. Hoy, ahora, es 25 de julio, el día fuera del tiempo.
-         ¿Y eso?
-         Viene de la cultura Maya, es una pausa entre dos años lunares. Es tiempo de agradecer por las enseñanzas recibidas y de prepararse para el nuevo año recomponiendo nuestras energías. Es un momento de recogimiento.
-         No… no sabía nada de eso.
-         Precisamente, porque no sabe es que estoy aquí. Voy a hacerle un regalo.
-         ¿A mí?
-         Si, a Ud. para su futuro. Lo que le voy a decir es una enseñanza. Le estoy dando el privilegio de que entienda cual es el sentido de la vida. Todo se reduce al ahora. Si pudiera comprender que cada 70 0 100 años regresamos para aprender, se daría cuenta que lo único que importa es este momento. Todos nosotros estamos simultáneamente en cada tiempo en que vivimos. Usted por ejemplo, si pudiera tener la percepción necesaria, vería que está en este instante en la Atlántida, en los tiempos de la conquista y también aquí, en este lupanar. Mi regalo es ese y la manera de acceder a él la obtendrá dentro de 25 años cuando muera a los pies de un oso. No lo tome como una desgracia, va a morir para que entender que el tiempo no termina, que Ud. y yo somos eternos.
Se despertó en la cama de la habitación que ocupaba en el hotel, dudando si lo que acababa de vivir era un sueño o en verdad había ocurrido. Luego los días no fueron iguales. Ya de regreso, muchas veces  se sorprendió haciendo la cuenta de los días que faltaban hasta el fatal desenlace de su cumpleaños número cuarenta y cinco. Paulatinamente desde su vuelta, todo lo que hizo en su vida fue condicionado por aquella noche en el bar de la ciudad de Panamá. Esquivó amores, compromisos a largo plazo. Alejó de su vida todo lo que tuviera que ver con el futuro lejano. Esa fue la razón por la que no festejó su natalicio, pero a pesar del mal augurio de hacía veinte años, igual salió a la calle y se ocupó de su rutina. Desayunó en el lugar habitual, concurrió a su trabajo, almorzó en un negocio de comida chatarra como tantas veces y, por la tarde, cansado y con una cierta ansiedad por el futuro inmediato regresó a su hogar. Se durmió mirando la televisión y al alba del nuevo día se sorprendió de estar vivo.
Con mejor ánimo se duchó, eligió con más esmero su ropa, puso mayor atención en acicalarse y bajó para desayunar en la confitería de la esquina de su casa pero ante de ingresar recordó que no había comprado el periódico, de manera que desde la esquina cuando el semáforo le dio paso, cruzó la avenida rumbo al kiosco de en frente.
El camión que lo atropelló tenía un letrero que decía: Mudanzas el Oso.

Héctor Vico

viernes, 17 de agosto de 2018

Sueño Blanco de Héctor Vico

Fotografía por Tommy Ingberg

Sueño Blanco


A la memoria de  Liliana

Como a veces nos suele ocurrir ella no recordaba como había llegado a ese lugar. Se explicó que posiblemente había sido un sueño blanco. La habitual explicación que dan los conductores cuando en una ruta reaccionan y no recuerdan los detalles del camino recorrido que los llevó al lugar en que retoman nuevamente su consciencia. “¡Sí, eso debe ser lo que me ocurrió!” “Un sueño blanco”
No le importó demasiado, lo interesante, lo importante era lo que estaba viendo. Un bucólico y típico amanecer en la  montaña con un límpido cielo rosado que poco a poco comenzaba a encenderse. Se descubrió  sobre la ladera de un cerro y a sus pies, en pronunciada pendiente, una alfombra de elevadas coníferas impedía ver la continuidad de la cuesta. El aire aún conservaba la humedad de la noche primaveral y una sutil neblina ocultaba parcialmente los erguidos troncos de los pinos que detrás de ese manto blanco eran solo un esbozo. El trino de los pájaros, en sinfónica armonía, rompía el estridente silencio de esa lejanía. Por detrás de aquella música celestial y, como un lejano quejido, se dejaba oír una suerte de sonido metálico al que no le halló explicación. No le preocupó pues no era tan estrepitoso como para alterar la paz y tranquilidad del lugar.
Estaba feliz, aquel paraje era su lugar soñado y ahora estaba  allí pero no como una visita, para observar sino como una parte mas de ese ensamble de bellezas. Este sentimiento le resultaba difícil de definir pues sentía que estaba integrada a cada una de las hojas de cada uno de los cipreses que competían entre sí buscando la embrionaria luz del sol naciente. Estaba hermanada con cada pájaro que volaba a procurarse su alimento y experimentaba el vértigo de cada gota de agua límpida que se desbarrancaba en la cascada formada por el accidentado cauce del arroyo  que divisaba y escuchaba desde lo alto de la ladera. Ella y ese esplendor eran uno, cercano a la perfección, excepto por ese sonido de metal cansado que seguía presente.
Era un murmullo lejano, de indeterminado origen, parecido a las conversaciones que se escuchan accidentalmente desde una habitación vecina. Fijó su atención. Aisló mentalmente el chirrido del metal y le pareció entonces que aquella sonoridad traía consigo  voces humanas. Quiso saber más pero sólo podía mover sus ojos, no pudo rotar la cabeza así que con esfuerzo  hizo un giro de trescientos sesenta grados sobre sus talones. No vio nada, no divisó a nadie sin embargo las voces ahora se distinguían nítidamente. Le resultaban familiares pero no las identificaba. Por alguna extraña razón su cerebro no accedía a las zonas de la memoria afectiva. Llegaba, eso sí, a los lugares reservados para los anhelos. A lo pendiente. Por eso aquellas voces, a pesar de provocarle dulces remembranzas, no se abrían paso en su entendimiento y esto le ocasionaba cierto desasosiego.  Se despreocupó, al fin y al cabo, nunca fue curiosa y menos ahora ante los verdes intensos de los robles y la explosión de colores de las flores que la rodeaban. Tanta belleza no se puede desperdiciar con curiosidad mundana.
Intentó avanzar, caminar por la ladera pero le fue imposible. Recordó entonces que la mente y la voluntad todo lo pueden y fue así que se concentró. A pesar de la desigual lucha entre su cerebro y su empeño, poco a poco el paisaje de montaña se fue esfumando y en su lugar se presentó un largo pasillo franqueado por innumerables puertas. Las fue abriendo una a una. Vio salas ocupadas por pupitres, vio oficinas, bibliotecas, salas con amigos, plazas, mesas compartidas. El lugar estaba colmado de amistades y alegrías. No reconoció ningún rostro. Nuevamente buscó cambiar de escenario y de pronto se encontró en medio de la mar, sobre una balsa mecida por las suaves olas. La envolvió un silencio denso mientras un suave sol de junio le bañaba el rostro. Encontró paz y calma. El océano se mostraba infinito ante sus ojos. No había nubes, no volaban aves. Solamente eran ella y la inmensidad. El calmo subir y bajar de las olas la envolvió en un suave sopor. En esa duermevela pudo advertir que el ruido metálico ya no se oía y que las voces se fueron acallando. Intrigada volvió a concentrarse y se encontró nuevamente en un corredor. Esta vez contrariamente a lo que le sucediera algunos instantes antes, el ambiente lucía aséptico y pulcro. A lo lejos divisó un grupo de personas. Entre ellos una mujer de blanco delantal hablando con su madre y su hermana, compungidas, dolientes.
Se acercó. Solamente escuchó dos palabras: muerte cerebral.
Entendió.
En ese instante pudo discernir que la montaña representaba su lucha. Las cuestas que tuvo que remontar. Los escollos que alguna vez salvó. Ese terreno escarpado eran la Fe que la sostuvo y el empeño puesto en cada faena acometida. Que el primer corredor con sus innumerables puertas fueron sus pasiones. Identificó entonces las voces, las de sus alumnos, las de sus amigos, las de sus amantes, todos sus afectos en un coro de gratitud y amor sonaron en su mente. Experimentó nuevamente la despreocupación de la bohemia de sus días de estudiante. Se relajó. Supo, que la balsa era la síntesis de su vida. Representaba la placidez y la calma que la acompañaron  en su estancia en la tierra. Al ver esto sintió que se elevaba y no tuvo miedo al notar que se disolvía; que sus pies primero, luego sus piernas se iban haciendo transparentes. Desde lo alto vio los rostros familiares anegados por las lágrimas. No tuvo la voz para calmarlos, para transmitirles que todo estaba bien. Que se iba a un lugar mejor, sin envidias ni rencores. Que así debía ser y así estaba dispuesto. Al saber que estaba trascendiendo este plano tan denso y plagado de miserias, con gran sosiego y serenidad siguió subiendo.
Ni el  brusco sonido del respirador al detenerse, ni tampoco el agudo silbido que emitió el monitor que registraba  sus funciones vitales cuando estas cesaron, lograron alterarla.
El dolor había cesado y Liliana se dejó llevar.
Finalmente y para siempre la verdad le fue revelada y ella, comprendió todo.

Héctor Vico
23 de junio de 2018

domingo, 18 de febrero de 2018

"El Escritor Emprendedor": Episodio 04: Ideas para Escribir una Novela

¿Alguna vez has estado tan bloqueado que no te salía nada? En este episodio del podcast hablamos de cómo conseguir ideas para escribir una novela, un cuento o un poema.










Enlaces y títulos mencionados  en el texto:

Blog de Neil Gaiman
Bilogía de Leyendas de la Tierra Límite:
Las Tierras Blancas
Las Tierras Oscuras
El blog de la doctora Jomeini
El color del silencio
No soy nadie porque nadie me espera
Por una rosa
Las sombras de Longbourn
Microcuento “El monstruo”
“Escribe ya” de Hugo Camacho




"Café del Sur": Canciones para mirar

Canciones para despertar a los niños abriendo ventanas sobre otros mundos posibles. Un programa especial dedicado a María Elena Walsh, esta imprescindible mujer nacida en la provincia de Buenos Aires en 1930 y que con su fantasía, ternura e inteligencia contribuyó a dibujar y definir el imaginario de millones de niños en todo el mundo.

sábado, 17 de febrero de 2018

Cuentos para Aprender a Aprender de José María Doria

Los presentes relatos nos aportan un conjunto de principios que muestran las luces y sombras de la condición humana hacia la libertad. A lo largo de este interesante y ameno libro se conecta con toda una colección de grandezas y miserias humanas: el amor, la pasión la dependencia, el miedo, el engaño, la avaricia, la incertidumbre, y la búsqueda del sentido de la vida, emociones milenarias que sirven de pretexto para que el autor realice una magistral muestra de las claves de la felicidad humana.






Y construyó una casa torcida, de Robert A. Heinlein

"-Y construyó una casa torcida-" ("—And He Built a Crooked House—"), relato publicado en 1941. Quintus Teal es un arquitecto californiano cansado de la arquitectura de su tiempo. En su esfuerzo por innovar, decide construir una casa cuatridimensional con forma de teseracto. Una vez terminado el proyecto, visita la construcción para enseñársela a sus nuevos propietarios, el matrimonio Bailey. Pero la casa ha cambiado, por lo que entran en ella para averiguar el motivo.

Relato de Robert A. Heinlein narrado por voz humana.



El Escritor Emprendedor: "Las Fases de Corrección de una Novela, con Gabriella Campbell (Entrevista)

Es conveniente, cuando escribes el primer borrador, que te deshagas del editor (sí, ese que forma parte de las tres caras del escritor emprendedor) porque en tu primer borrador tienes que escribir libremente, pero después viene la fase de corrección de la novela y el rechinar y crujir de dientes. A ningún escritor le gusta corregir (y si a ti te gusta que sepas que eres el rarito del patio). Pero la fase de corrección puede ser más sencilla si tenemos una mecánica definida.

Gabriella Campbell escribió el año pasado un libro, que ha sido éxito de ventas en Amazon por lo extremadamente útil que es y lo bien escrito que está, en el que recogía los principales fallos que cometen los escritores al redactar sus borradores para que les sirviera de lista de comprobación a la hora de corregir sus novelas. De ese libro (70 trucos para sacarle brillo a tu novela) y de las fases de la corrección hablamos hoy con ella en el podcast.

Enlaces y autores mencionados:

Gabriella Literaria

TOP TEN de blogs de escritores:

Ganadores del 2016
Ganadores del 2017
Blog de Valentina Truneanu

Portfolio de Libertad Delgado

Libros mencionados:

70 trucos para sacarle brillo a tu novela
El día del dragón
Crónicas del fin
El escritor emprendedor
Manual de autopublicación de Autorquía
Escribir bien, de Isaac Belmar

Autores mencionados:

Joanna Penn
David Gaughran
Sean Platt
Mark McGuiness (Productivity for creative people)
Write. Publish. Repeat

Chuck Wending